Thesiger de Arabia

Thesiger se sentía feliz pero no olvidaba los peligros e incertidumbres que el viaje de vuelta presentaba. Regresar sobre sus pasos no era factible, los camellos hubieran sucumbido ante la escasez de agua. Tampoco era probable que fueran capaces de vencer otra vez a las temibles Uruk Al Shaiba. El plan de Wilfred consistía en viajar hacia el Este penetrando en territorio de Omán y tornar a Salalah bordeando la costa Sur de la península arábiga.

En cualquier caso lo que urgía en primer lugar era entrar en Liwa y abastecerse. Sin embargo la prudencia aconsejaba ocultar al británico y evitar en todo lo posible el contacto con los árabes. En aquel ambiente agitado que se vivía en las tierras del norte, el conocimiento de la presencia de un cristiano hubiera podido desatar las iras de los clanes más belicosos. Bin Kabina y Bin Hanna fueron los encargados de marchar en busca de las necesarias provisiones; Thesiger se quedó en el desierto escoltado por sus otros tres compañeros. Los víveres se habían acabado y el inglés pasó los tres días siguientes soñando con comida, comida y más comida. Jamás había pasado tanta hambre y no podía pensar en otra cosa; hubiera dado una mano a cambio de un cuenco de arroz, incluso se hubiera conformado con paladear un poco de café. La espera se hizo eterna y por si fuera poco, el regreso de los dos adelantados supuso un jarro de agua fría: tan sólo habían podido conseguir algo de trigo y un saco de dátiles en mal estado. El hambre, cuando aprieta de verdad, es capaz de destrozar la moral de cualquier hombre, el ánimo estaba por los suelos.

Era necesario un plan alternativo y Bin Hanna se ofreció a acompañarlos hasta la ciudad de Ibri, en Omán, donde previsiblemente podrían comprar víveres. Este plan, el único que tenían, presentaba un pequeño gran problema: había que internarse en el país de los duru, una tribu que odiaba a los rashid y abominaba de los cristianos. ¿Cómo demonios iba a pasar Thesiger por un bedu con su casi metro noventa de estatura? Lo único que se les ocurrió fue hacer pasar al gigantón inglés por un mercader sirio. A fin de cuentas ¿quién sabría identificar a un sirio? ¿alguien había conocido a alguno? No parecía un gran plan pero… ¿había alguno mejor?

Partieron pues, de las inmediaciones de Liwa rumbo a Ibri, con hambre y llenos de incertidumbres. Transcurrieron varios días hasta que casi sin darse cuenta se toparon con un pequeño campamento. No deseaban tener contacto con ningún árabe pero no podían pasar de largo o hubieran sembrado la sospecha entre los manasir. Se dirigieron hacia el campamento dejando a Wilfred algo alejado simulando buscar pasto para los camellos. Cuando preguntaron por él, Al Auf se apresuró a contarles que se trataba de un esclavo con un pequeño retraso y que era mejor dejarlo a su aire. Por suerte, los manasir no insistieron.

A poca distancia de Ibri se hallaba el pozo de Wadi Al Ain. Allí fueron recibidos con cierta hostilidad por un grupo de durus que se encontraban dando de beber a sus camellos pero lograron salir airosos con la ayuda de un joven muchacho llamado Ali. Éste se ofreció a llevarlos hasta su modesto campamento. Alrededor del mismo había diseminados unos pocos árboles y algunos arbustos pero a Wilfred aquello le pareció un vergel. Gracias a la ya consabida hospitalidad árabe, aquella noche los rashid comieron caliente después de muchas jornadas. Ali sacrificó una cabra en honor de sus invitados.

 
Al día siguiente se llevó a tres hombres con él. En esta ocasión, Al Auf, Mabkhaut y Bin Hanna fueron los elegidos. Mientras tanto, Wilfred “el sirio” se quedó en el campamento junto a Musallim y a su inseparable Bin Kabina. Allí conoció a Staiyun, el padre de Ali, con quien congenió de inmediato. A ambos les gustaba compartir largas conversaciones y el viejo Staiyun siempre tenía interesantes historias que contar. Le habló de las peligrosas arenas movedizas de Umm al Samim donde había desaparecido más de un incauto y donde la arena se había tragado rebaños enteros de cabras. Lo que no sabía Staiyun es que hablar de peligro al “sirio” era provocar inmediatamente su interés. La mente de Thesiger añadió automáticamente este lugar a su lista de destinos pendientes.

Pasó más de una semana hasta que los muchachos regresaron de Ibri. Por fortuna no hubo incidentes con los duru y los rashid pudieron comprar vituallas. Hamad Bin Hanna había cumplido con creces su palabra y llegó el momento de separar sus caminos. Sería difícil estimar que hubiera pasado con nuestros rashid de no haber contado con la ayuda de Hamad. Tras la despedida, le tocó a uno de los hombres de Staiyun guiar al grupo hasta el siguiente jalón, el campamento de un afar llamado Rai. Él sería el encargado de encabezar la expedición a través del país wahiba.
 

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