Thesiger de Arabia

Este instinto de supervivencia y el enorme coraje de los cinco viajeros les llevaron hasta el otro lado de las montañas donde finalmente cayeron exhaustos. Muhammad Al Auf repartió un poco de agua, apenas unas gotas con las que humedecer la boca puesto que no había para más. Permanecieron varias horas tendidos en la abrasadora arena entre sueños y alucinaciones, y muy lentamente recobraron fuerzas. No obstante, la necesidad imperiosa de encontrar agua no les permitía parar excesivo tiempo, de manera que cuando Al Auf estimó que el descanso había sido suficiente animó a los expedicionarios a reemprender el camino. Pronto el terreno se hizo más suave lo que mejoró notablemente el humor del grupo. Además contaron con la suerte de recibir un regalo inesperado: una liebre apareció de no se sabe dónde y Musallim no desperdició la ocasión de mejorar su reputación como cazador. Después de varias semanas comiendo únicamente dátiles, un poco de carne en el estómago hacía ver el panorama de otro color. La cena se convirtió en una pequeña fiesta donde los bedu se olvidaron por un instante del delicado trago que acababan de superar. Empero la situación seguía siendo delicada, los camellos se hallaban al borde del colapso. De no encontrar un pozo rápidamente la expedición se abocaba a la catástrofe. No había más remedio que continuar y confiar en la suerte.

Mientras Thesiger convivía con estas tribulaciones, un buen día, en medio de la nada, un hombre apareció de improviso. Les estaba apuntando con un rifle, parapetado tras un arbusto. Al Auf se encaminó hacia él adelantándose al grupo. Después de unos minutos ambos regresaron conversando amigablemente. Se llamaba Hamad bin Hanna y también pertenecía a los rashid. Había tomado a Wilfred y los suyos por bandoleros de modo que decidió defenderse. Era evidente que no esperaba encontrar un grupo de rashid por aquellos lares. Hamad se había internado en el desierto buscando un camello perdido pero en vista de su escaso éxito optó por unirse a los muchachos. Siempre que un grupo de bedus se reúne se procede al deseado intercambio de nuevas mientras se comparte café o té. Bin Hanna traía noticias importantes y los bedu escucharon con atención. Los recaudadores de impuestos de Ibn Saud, el fundador de la dinastía saudí, estaban batiendo toda la región y en caso de dar con ellos, Thesiger, que había penetrado en el Territorio Vacío sin permiso oficial, debería dar numerosas explicaciones de qué demonios hacía en aquel lugar. Para mayor enredo de la situación, no muy lejos de Liwa estaban teniendo lugar numerosas contiendas entre tribus rivales. Este ambiente convulso no favorecía para nada los intereses del británico que ahora más que nunca debía aproximarse al oasis de Liwa con la mayor discreción posible.

Pero amén de estas preocupaciones, todavía quedaba por resolver el acuciante problema del agua. Por suerte, Hamad Bin Hanna conocía la ubicación del pozo Kabah, cerca de As Dafrah, y tras dos jornadas de camino pudieron finalmente abrevar a los camellos. Casi en el último instante habían salvado una situación ciertamente delicada. Se hallaban ya cerca de Liwa y Thesiger comenzó a saborear su particular triunfo.

“Durante años el Territorio Vacío había representado para mí el reto final, inalcanzable, que ofrecía el desierto. De repente se había puesto a mi alcance. Recordé mi entusiasmo cuando la Unidad Antilangosta me ofreció la oportunidad de ir allí, la inmediata resolución de cruzarlo, y luego las dudas y el miedo, la frustración y los momentos de desesperación. Ahora lo había atravesado […] Era una experiencia personal, y la recompensa había sido un trago de agua clara, casi sin sabor. Me contentaba con eso […] Durante los días pasados habían ido apareciendo nuevas tensiones y ansiedades a medida que otras disminuían, porque, después de todo, esta travesía del Territorio Vacío se inscribía en el marco de un viaje más largo, y ya mi mente se ocupaba de los nuevos problemas que nuestro viaje de vuelta presentaba.”

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