Thesiger de Arabia

Este y otros detalles van calando en el infiel, que cada día que pasa siente como crece su amor por los moradores de las Arenas. Si en un principio los árabes le habían resultado irritantes — los llegó a calificar de pedigüeños, avariciosos e inoportunos — ahora en cambio, sumido en la dureza de la vida en el desierto, es capaz de valorar su nobleza y generosidad.

6.  Desierto
La travesía prosigue y cada día que pasa, las dunas que se cruzan en el camino parecen agigantarse. Tal es así que un día se topan con una imponente pared de arena imposible de franquear para los camellos. Thesiger pensó en cambiar de rumbo pero el peligro de adentrarse en las arenas movedizas de Umm Al Samim le hizo descartar la idea. Tampoco podían dar marcha atrás puesto que apenas les quedaba agua para afrontar el viaje de regreso. No había más alternativa que seguir adelante y en aquel momento difícil, Wilfred dio gracias al cielo por haber confiado en Muhammad Al Auf. El bedu, con su valiosa experiencia, escrutaba el terreno con minuciosidad buscando las pendientes menos abruptas para que los camellos lograsen abrirse camino.

Tras largas horas de enorme esfuerzo, hombres y camellos alcanzan la cima y Thesiger se siente eufórico. Cree haber superado uno de los puntos críticos de la expedición, las temidas montañas de Uruk al Shaiba. Sin embargo, el inglés pasa de la euforia al abatimiento en cuestión de minutos cuando Muhammad Al Auf le advierte de que tan sólo han franqueado una gran duna y que todavía resta una jornada de camino hasta aquel primer hito montañoso. Durante la fría noche, un malhumorado Wilfred asimila la enorme decepción encerrado en su saco de dormir, el único artículo de lujo que se había permitido llevar consigo.

Al día siguiente avistaron, esta vez sí, el colosal macizo de Uruk al Shaiba. Los hombres sabían desde el comienzo del viaje que tendrían que cruzar las montañas que tanto parecían inquietar a Al Auf, pero sólo cuando las tuvieron delante comprendieron realmente la magnitud del reto. No obstante los bedu no se caracterizan por poner excusas, ni tampoco por arredrarse ante las dificultades, de manera que emprendieron el ascenso con su talante habitual, ajenos, al menos aparentemente, al temor que cabría esperar ante semejante desafío. Por su parte, Thesiger intentaba mostrar templanza pero no podía ocultar su preocupación por la salud de los camellos ni sus dudas acerca de si serían capaces de vencer a la montaña.

“Al verlos temblar violentamente cada vez que nos deteníamos me pregunté cuánto más aguantarían pues recordaba muy bien con que escaso margen habían avisado de su derrumbe inminente doce años atrás, en la tierra de los danakil, los moribundos camellos […] Guiamos cuesta arriba a los temblorosos y vacilantes animales por dunas grandes y vertiginosas cuyas crestas, afiladas como cuchillos, se deshacían bajo nuestros pies […] El sol era abrasador y yo me sentía vacío, enfermo y mareado. El corazón me golpeaba con violencia y la sed se volvía intolerable por el enorme esfuerzo de subir la pendiente enterrado hasta la rodilla en arena escurridiza”

Ni siquiera al alcanzar la cumbre de aquella enorme mole de arena pudieron sentirse aliviados. Sólo era el comienzo.

“La cordillera más alejada parecía aún más alta que aquella sobre la que estábamos, y tras ella había otras. Miré a mi alrededor, buscando instintivamente una escapatoria. Fue una visión sin límite […] en aquella infinidad de espacio no pude ver ni un solo objeto viviente, ni siquiera una planta marchita que alentara mi esperanza. No hay donde ir, pensé. No podemos regresar y nuestros camellos no podrán volver a subir jamás una de estas espantosas dunas. Es el final.”

Afortunadamente el explorador se equivocaba, su final se encontraba muy lejos. Es difícil determinar dónde está el límite del ser humano, Thesiger experimentó sobre ello. Cuando un hombre está al borde del agotamiento, a punto de arrojar la toalla, siempre puede dar un paso más, y otro, …, y otro más.

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