Thesiger de Arabia

La travesía prosigue su curso y durante el mes de Noviembre alcanzan las estepas que bordean el Territorio Vacío. Una vez alcanzado el enclave de Mughshin Thesiger tiene que contar por fin sus verdaderas intenciones. Adentrarse en el Rub’Al-Khali constituye una aventura ciertamente arriesgada y el inglés teme que los bedu den media vuelta. Pretende arribar al oasis de Liwa, cerca de la costa de Abu Dhabi; se trata de un terreno desolado, que apenas ha sido explorado y lleno de peligros. El objetivo es ambicioso pero a Wilfred le estimula enormemente ser el primer europeo en conocer el enorme palmeral de Liwa. Tras desvelar el propósito real de su viaje observa sorprendido como todos sus hombres le secundan, incluso los bait kathir de los que siempre receló.

Tan sólo Muhammad Al Auf tenía cierto conocimiento del interior de las Arenas; dos años antes había sido capaz de cruzar en solitario el vasto desierto de manera que fue él quien se encargó de guiar la expedición. Al Auf había estimado alrededor de un mes de viaje para recorrer los seiscientos kilómetros que distaban hasta Liwa pero la distancia no era la única dificultad. Sería necesario atravesar las imponentes montañas de arena de Uruk al Shaiba y rodear las peligrosas arenas movedizas de Umm al Samim. Y todo ello confiando en la diosa fortuna para localizar agua y pasto suficiente para los camellos. Un viaje descomunal que sin embargo no arredró el espíritu de los bedu ni el arrojo del británico.
La expedición partió de Mughshin con rumbo norte. Conforme el grupo avanzaba, el terreno se tornaba más inhóspito y la escasa vegetación iba desapareciendo paulatinamente. No tuvo que pasar mucho tiempo para que se confirmaran las dudas que el inglés había albergado sobre los bait kathir. Su líder, Sultán, tras alcanzar las arenas de Ghanim, parece tomar conciencia de las dificultades que les aguardan e intenta persuadir al grupo para volver grupas.

Por suerte para Thesiger la lealtad de Bin Kabina es inquebrantable y no duda en ponerse de su lado. El ejemplo del muchacho anima a otros tres compañeros a adherirse al grupo. Es evidente que cinco hombres solos en tan enorme desierto son una presa fácil para los bandoleros pero Wilfred no sabe de evidencias, tan sólo le guía el coraje y la ilusión del genuino explorador de raza. Sultán no puede convencer al inglés y da media vuelta, cinco hombres le acompañan.

6.  Bin Kabina

El grupo se había reducido a la mitad pero a Thesiger parecía no importarle. Todo lo contrario, el inglés se mostraba animado y muy seguro de sus posibilidades. Ahora sabía con certeza que sus compañeros de aventuras le seguirían hasta el fin del mundo si fuera preciso. Como agradecimiento a su lealtad Wilfred les regaló el rifle que portaban desde que abandonaron Salalah. A los bedu les encantan las armas y Bin Kabina no podía disimular su alegría imaginándose a sí mismo de regreso entre los de su tribu, luciendo orgulloso el flamante rifle y la preciosa daga con empuñadura de plata, regalo también de su amigo británico.
En el transcurso de la marcha Thesiger conoció diversas tribus nómadas que transitaban el desierto pastoreando sus pequeños rebaños. Son gente ruda, acostumbrada a vivir en las condiciones más duras y que sin embargo cuentan con un sentido de la hospitalidad que abruma la conciencia del explorador. ¿Cómo era posible que aquella gente se fuese a dormir con el estómago vacío por haber dado su comida a los inesperados visitantes? El inglés tiene que aprender que un bedu jamás comerá sin que antes lo hayan hecho sus invitados. Es la ley del desierto.

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