Thesiger de Arabia

Un muchacho de apenas dieciséis años comienza a acompañar al británico a todas partes. A pesar de no haber tenido una vida fácil, el joven rashid se muestra en todo momento amable y jovial y Thesiger no tarda en cogerle un sincero afecto. Se llama Salim Bin Kabina y aunque todavía no lo sabe, se va a convertir en el más fiel escudero del explorador durante los cinco años que éste pasó en Arabia.

La travesía por el Hadramaut resulta fascinante para el inglés. Observa asombrado como el complejo conglomerado de tribus que habitan aquellas tierras siempre permanecen informadas de lo que sucede en cientos de kilómetros a la redonda. No hay radios, ni carreteras, ni nada que se le parezca, pero las noticias vuelan. Es la manera que tienen los beduinos de protegerse; grupos de bandoleros transitan la zona en busca de ganado, camellos o armas. Los bandidos suponen una de las mayores amenazas del desierto y los bedu viven siempre cerca de sus rifles con los ojos bien abiertos.

6.  Dunas
Thesiger regresa a Salalah sin datos relevantes sobre la langosta pero muy satisfecho del bagaje personal que ha adquirido. Ha convivido un año entre los beduinos y se siente ya tan preparado para la vida en el desierto como cualquiera de ellos. El único miedo del explorador es enfrentarse a sus jefes de la Unidad Antilangosta; teme que la falta de resultados aborte su misión. Afortunadamente no es así y obtiene el respaldo necesario para seguir en Arabia.

Tras un breve descanso en Londres se dispone a organizar una nueva expedición que pretende cruzar el territorio de Omán partiendo desde la costa sur hasta alcanzar las aguas del Golfo Pérsico. Todo marcha a la perfección excepto por el hecho de que Wilfred no puede revelar sus verdaderas intenciones. El sultán de Mascate hubiera prohibido el viaje por territorio omaní de haber sabido que el inglés pretendía adentrarse más allá de Mughshin, un territorio fuera de su control.

El Territorio Vacío

A finales de Octubre de 1946 todo estaba listo para la nueva travesía y al igual que el año anterior, el gobernador de Zufar había dispuesto el contingente que debía acompañar a Thesiger. Fue agradable volver a compartir café, té y dátiles con Tamtaim, Sultán y el resto de los bait kathir pero el británico echaba de menos a Bin Kabina y los rashid. Viajaron hacia el norte atravesando los montes Qarra, discurriendo lentamente entre Omán y el Hadramaut. En aquel terreno todavía era posible encontrar liebres o incluso algunos órices, de manera que Musallim Bin Tafl, el cazador más experto, se dedicó a cobrar las piezas que alegrarían muchas cenas bajo las estrellas.

Poco a poco la tierra se hacía más árida y la ubicación de los pozos de agua marcaba la ruta a seguir. El pozo de Ma Shadid, a dos días de marcha de Aiyun, se encontraba en un profundísimo agujero en la roca. Era necesario descender con ayuda de cordajes los más de diez metros de altura. Wilfred, con su envergadura, las hubiera pasado canutas para descender por la angosta fosa pero afortunadamente los bedu son hombres menudos y pudieron rellenar los odres de piel de cabra que ellos mismos fabrican. El siguiente pozo, el de Shisur, ofrecía otro tipo de dificultades: el agua estaba enterrada y había que excavar en la arena para extraerla. Antes que saciar su sed, los bedu abrevaban a sus animales y en ocasiones el agua del pozo se mezclaba con la orina y los excrementos de los camellos. A menudo había que añadir leche de camella para poder sorber aquel agua maloliente. Así es la vida en el desierto y así era asumido por nuestros viajeros.

Cierto día, los bait kathir observan en el horizonte como se aproxima un pequeño grupo de hombres a camello. Inmediatamente echan mano de sus dagas y de los fusiles; es la primera reacción de un bedu cuando no espera invitados. Cuando las siluetas estuvieron más próximas, se percataron de que eran rashid y se alivió la tensión. El rostro de Thesiger se iluminó cuando volvió a ver a Salim Bin Kabina, había echado en falta su compañía y su amistad. Wilfred consideraba además, que los rashid eran los hombres mejor preparados para la vida en las Arenas y se alegró francamente de contar con su presencia. La compañía de Bin Kabina le aportaba serenidad y ambos se sentían felices de compartir de nuevo confidencias en mitad del desierto.

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