Thesiger de Arabia

Con los albores del siglo XX parecía haber concluido el tiempo de los grandes exploradores. Wilfred Thesiger se empeñó en demostrarnos que estábamos equivocados. El británico dedicó toda su vida, buena parte del pasado siglo, a la AVENTURA, despreciando de una manera absolutamente temeraria, o quizá inconsciente, toda suerte de peligros y amenazas. Su compleja personalidad, contradictoria, inconformista, a veces intransigente, le obligó a un viaje incesante en busca siempre de nuevos retos, de nuevos lugares, huyendo quizá del confort de la sociedad occidental que tanto le horrorizaba.

6.  Thesiger en Londres

Son muchas las aventuras en la dilatada carrera de Thesiger. Con tan solo veinticuatro años se internó en el peligrosísimo territorio danakil, en la frontera entre Eritrea y Etiopía, buscando la desembocadura del río Awash, hasta entonces desconocida. Al joven Wilfred no pareció preocuparle en exceso la costumbre de los guerreros danakiles de cortar los genitales de todo extranjero que pasara por allí. Años más tarde no tuvo reparos en coger las armas para defender su amada Abisinia (hoy Etiopía) en la guerra contra las tropas fascistas de Mussolini, como tampoco los tuvo para participar veinticinco años después en la guerra civil de Yemen.
Pero al margen de las armas, la verdadera pasión de Thesiger fue la exploración. Wilfred se sentía cómodo en la incertidumbre, le atraía la inseguridad, le estimulaba el peligro. Viajó por Marruecos, el Sahara, Sudán, Kenia, … Vivió durante ocho años en las marismas de Irak, hoy en día prácticamente aniquiladas. Exploró Afganistán, Pakistán, el Kurdistán y hasta se atrevió a ejercer de montañero a través del Karakorum, el Hindu Kush o la cordillera del Pamir.
Sería imposible relatar aquí el sinfín de aventuras que vivió Sir Wilfred Thesiger, en este capítulo rescataremos tan solo una de ellas, la que quizá dejó una huella más profunda en la vida del explorador. Corría el año 1946 cuando el gigantón británico se adentró en el ignoto “Territorio Vacío”, al sur de Arabia. Su experiencia en el desierto marcó su existencia. Wilfred Thesiger se había convertido desde aquel momento y para siempre, en un beduino. O un bedu, tal como a él le gustaba decir.

Antecedentes

Para comprender la obsesión de Thesiger por el mundo de la exploración es necesario remontarse a su infancia. Wilfred nació en 1910 en Addis Abeba (Abisinia) en el seno de una familia de rancio abolengo. Su padre fue un importante diplomático al servicio del imperio británico y su tío Frederic, vizconde de Chelmsford, ostentaba el cargo de Virrey en la India. Gracias a este origen aristocrático y a una asombrosa habilidad para encontrar financiación, Wilfred Thesiger – al que Manu Leguineche cita como “el último explorador” en su magnífica biografía sobre el británico – pudo permitirse no trabajar ni un solo día de su vida, tal como a él le gustaba presumir.

La Abisinia de comienzos del XX ofrecía un paisaje totalmente dispar al que años más tarde se encontraría en la Inglaterra post-victoriana. En Addis Abeba no había coches, ni calles asfaltadas, ni tampoco la dura disciplina de los colegios londinenses. Addis Abeba significaba aire puro, luz, aventura, …, aunque también caos y barbarie. Este escenario de la infancia marcó indudablemente la compleja personalidad de Wilfred y su profundo amor por la libertad. Desde muy temprana edad se acostumbró al olor de las fieras salvajes, al sonido de los rifles o de los tambores y a tantas otras sensaciones imposibles de vivir para un niño europeo.

Una de las impresiones que más profundamente arraigó en la memoria de Wilfred tuvo lugar en 1916 cuando presenció junto a su familia el desfile triunfal del Ras Tafari y sus tropas, bajo la mirada de la emperatriz Zauditu, después de una cruenta lucha por el poder. El boato de la interminable procesión quedó grabado para siempre en la retina del pequeño Thesiger que no pestañeó mientras observaba el desfile de los guerreros, todavía manchados con sangre del enemigo, luciendo orgullosos sus lanzas y sus capas de piel de leopardo.

En 1917 la familia de Wilfred decide abandonar Addis Abeba y regresar a la patria. Antes de enfilar el camino a casa los Thesiger viajan a la India. En el país asiático el muchacho quedó impresionado ante el esplendor exhibido por los marajás y por su propio tío, el vizconde de Chelmsford, que recibió a su familia con toda la fastuosidad propia de un Virrey. Pero la escala fue breve y la familia Thesiger partió con prontitud hacia Gran Bretaña. Con una infancia como la que hemos relatado, no es de extrañar que Wilfred sufriera un fuerte choque emocional cuando a la edad de nueve años desembarcó por vez primera en Inglaterra. Por si fuera poco, escaso tiempo después murió el padre del pequeño, provocando un gran vacío en el todavía niño.

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