Odisea en la Antártida

Como ya ocurriera al regreso de la expedición Discovery, en su vuelta a casa Ernest Shackleton fue nuevamente recibido entre vítores y tuvo el honor de recibir la distinción de “Sir”. Su popularidad era grande, pero la fama no le exoneró de sus problemas ecónomicos ocasionados por las deudas que generó la expedición Nimrod. El romanticismo de la exploración polar calaba sin duda entre la población pero no lo hacía de igual modo entre las autoridades e instituciones que no acababan de ver claro el rendimiento de este tipo de aventuras. No era en absoluto sencillo encontrar la financiación necesaria para acometer exploraciones de esta envergadura y Shackleton hacía lo que podía en este sentido. Mientras Sir Ernest se ocupaba de estos odiosos asuntos sus competidores en la lucha por la conquista del polo no perdían el tiempo. En 1910, el noruego Roald Amundsen y el británico Robert F. Scott, planean por separado lo que a la postre se convirtió en una frenética carrera hacia el polo sur.

Carrera hacia el Sur

A principios del siglo XX quedaban pocos desafíos por alcanzar en cuanto a exploración geográfica se refiere. Sin embargo, la conquista de los polos seguía resistiéndose y aquella clase de hombres, ávidos de reconocimiento, deseosos de “ser los primeros”, no podían quedarse de brazos cruzados. Robert Falcon Scott buscaba la gloria para el imperio británico que durante la segunda mitad del siglo XIX había ostentado un papel principal en el terreno de las exploraciones. Tras su experiencia en el Discovery se sentía preparado para viajar nuevamente al Polo Sur y esta vez sí, lograr el éxito. Casi al mismo tiempo, el noruego Roald Amundsen estaba preparado para intentar un sueño que perseguía desde su juventud, la conquista del Polo Norte, pero el destino quiso que otro hombre, Peary, se le adelantara en el Ártico. Amundsen deseaba el Polo Norte pero por encima de ese deseo estaba el de “ser el primero”, de manera que hubo un cambio de planes. Su nuevo objetivo sería el todavía impenetrable Polo Sur. Esta decisión la mantuvo en secreto hasta el último momento, conocedor de los planes de Scott. Había comenzado la carrera por el último gran objetivo geográfico.

Mientras tanto, Shackleton debía conformarse con seguir los avatares de sus colegas a través de la prensa. Imaginamos la impotencia que debía sentir este hombre, el que más cerca había estado de la latitud 90º S y que en aquel momento crucial para la historia de la exploración se había convertido en un mero espectador.

Tanto británicos como noruegos comenzaron la travesía casi al mismo tiempo aunque siguiendo rutas diferentes. Amundsen y sus hombres, expertos esquiadores y con perros bien adiestrados, pronto dieron muestra de su eficacia avanzando con buen ritmo sobre el hielo antártico. Los ingleses, repitiendo viejos errores, no conseguían guiar adecuadamente a sus perros; los caballos y los trineos motorizados tampoco funcionaron como ellos esperaban. Scott perdía terreno con su adversario pero si algo tenía el británico era tesón y una fe inquebrantable, de tal manera que no se arredró ante nada y luchó como un titán por alcanzar la meta.

El 17 de Enero de 1912 Scott y sus cuatro compañeros de travesía alcanzan los 90º S. Pocas veces un éxito tan trabajado puede causar tanta desilusión. Habían llegado a su destino sí, pero no habían sido los primeros; contemplaron con tremenda decepción como ondeaba al viento la bandera noruega. Amundsen había hollado la meta el 14 de Diciembre. Lo del noruego fue todo un ejemplo de eficacia y rapidez, “llegó, vio y venció”. En poco más de tres meses completó el viaje de ida y vuelta.

Los ingleses no tuvieron tanta fortuna; el camino de regreso se convirtió en una trampa mortal, las condiciones meteorológicas eran extremas. Cerca del glaciar Beardmore la salud de Evans no resistió más, falleció a mediados de Febrero. Prosiguieron la marcha a duras penas, sacando fuerza de donde no las había. Habían transcurrido dos meses desde que iniciaron el retorno cuando otro de los expedicionarios, Lawrence Oates, consciente de que su estado de salud ralentizaba la marcha del grupo, dejó una de esas frases para la historia que indica el tipo de pasta del que estaban hechos aquellos hombres. Salió de la tienda donde se guarecían de una ventisca y se dirigió a sus compañeros:

“Voy a salir y posiblemente me quedaré mucho tiempo”

 

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  1. xec pons dice:

    Ei, jesús. muy currado el blog. un trabajo de mucho curro. es lo que hay que hacer. escribir, escribir y escribir (tomo nota que estoy muy vaguete). esta historia en particular ya la conocía. pillé un documental que explicaba la epopeya (creo que era algo así como ficcionar la historia, en el canall 33). espero leer más.

  2. J. Suescun dice:

    Hola Xec. Pues la verdad es que sí, he currado bastante en este blog, le he dedicado muchas horas y le he puesto mucho cariño, así que te agradezco mucho el comentario porque siempre gusta que valoren tu trabajo.
    Respecto a la historia de Shackleton, desconozco si en el documental que mencionas han introducido algo de ficción pero no es el caso de este blog. Intento ajustarme a los hechos en función de la documentación que encuentro. Además, este episodio fue tan fascinante que no necesita ningún adorno.

    Un saludo Xec

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