Michel Peissel en el reino de Lo

Pero el parisino no se conformaba con la leyenda, quería obtener certezas y se propuso encontrarlas rastreando todos los rincones del Mustang. En la búsqueda contó con un aliado inesperado, Pemba. Aquel emisario del rey que había guiado a los recién llegados al palacio de Trenkar, tenía la misma sed de conocimiento que el propio Peissel, ambos congeniaron de inmediato. El loba era un hombre cultivado, pertenecía a una familia noble y podía permitirse dedicar gran parte de su tiempo al estudio. Su carácter afable y risueño hacía que fuese bien recibido en todas partes de tal manera que el trío de “investigadores” – Tashi, Peissel y el propio Pemba – encontraron abiertas de par en par las puertas de todos los hogares lobas.

Fue así como el antropólogo pudo contar al mundo el modo de vida de un pueblo perdido en los confines del Himalaya, una sociedad fascinante que combinaba con absoluta normalidad costumbres feudales con otros atributos tan modernos como los que puedan encontrarse en la Europa más liberal.
No obstante, los deseos del francés iban más allá de estudios étnicos o antropológicos. Michel Peissel quería más, quería poner nombres, fechas, lugares,…, pero sus pesquisas solo le conducían a respuestas vagas, imprecisas y a menudo contradictorias. Era necesario encontrar referencias literarias que corroborasen la leyenda de Ame Pal. Pemba había avivado esa ilusión al asegurar conocer la existencia de un libro, al que llamaban Molla, donde se recogía la historia del viejo reino. El galo pensó entonces que en casi todas las culturas antiguas las órdenes religiosas habían funcionado como centros aglutinadores del saber. Sin duda, de existir algún manuscrito que contase los orígenes de Lo, éste debería encontrarse en alguno de los monasterios que dominan las cumbres del Mustang. Y hacia allí encaminó sus pasos. Peissel viajó de monasterio en monasterio en busca del Molla, desafiando a las tormentas de nieve, a los abruptos y peligrosos senderos y también a los khampa, que siempre desconfiaron de las intenciones del forastero. Fue un viaje sorprendente donde el francés encontró mucho más que libros. En los templos lobas tuvo el privilegio de contemplar asombrosos frescos centenarios que adornaban techos y paredes, exquisitos capiteles labrados en madera que coronaban inmensas columnas, imágenes de buda de dimensiones colosales que hubieran sobrecogido aún al más descreído de los mortales. Quizá fue el gozo ante tanta belleza lo que mitigó el agotamiento del explorador. No en vano llevaba ya varias semanas transitando terrenos que rondaban siempre los cuatro mil metros de altitud, bajo unas condiciones ciertamente severas para un joven urbanita.

9. Banderas oracion

En cuanto a los libros, pronto se dio cuenta que aquello iba a ser como buscar una aguja en un pajar. Con ayuda de sus inseparables Tashi y Pemba, Michel Peissel revisó todos los manuscritos que encontró en los templos lobas. Algunos de ellos eran auténticas obras de arte pero se trataba en su mayoría de textos religiosos que no aportaban demasiados datos respecto a la historia de Lo.
Poco a poco el francés pierde toda esperanza. Cansado, abatido, frustrado, comienza a asumir la idea de que tendrá que regresar a casa sin certezas que confirmen la leyenda. Sin embargo todo iba a cambiar en un abrir y cerrar de ojos, una sorpresa aguardaba aún en el monasterio de Ghurpa. Cuando ya preparaban el viaje de regreso, un viejo monje, escondiéndose de todas las miradas, ofreció al extranjero el ansiado objeto de deseo, el Molla. Como si de un contrabandista se tratara, el religioso se movió con total discreción para urdir un pequeño negocio con el librito de marras. Peissel había sufrido ya varios desengaños y se tomó el hallazgo con cautela. Empero no pudo controlar un creciente nerviosismo conforme escuchaba a Tashi traducir las primeras páginas. Pronto se dio cuenta que en aquella ocasión no había errado el tiro, aquel manuscrito era el tesoro que el galo había buscado con ahínco desde que conociera su existencia en aquella ya lejana audiencia en el palacio de Trenkar.

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  1. Pablo dice:

    ¡Muy bonita historia¡ Dan ganas de coger la mochila e irse para el Mustang. Tiene que ser un viaje alucinante. ¡¡¡¡¡Ahhhhhh, me han entrado unas ganas enormes de viajar, viajar y viajar!!!!!
    Por cierto, el señor Peissel ¿vive todavía? ¿conoces algún libro o alguna web sobre él?

    • J. Suescun dice:

      Me alegro que te hayan entrado las ganas de viajar. Peissel tenía ese poder, despertaba el espíritu viajero de todo aquel – o casi – que leía sus libros. Fue capaz de transmitir su pasión por el Himalaya y de influir en miles de viajeros. Respecto a lo que preguntas, te diré que este gran aventurero murió hace no mucho, en 2011 y quizá te interese saber que vivió muchísimos años en Cadaqués. Al final de este capítulo he indicado alguno de sus libros, todos ellos muy interesantes.

      Un saludo Pablo

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