Michel Peissel en el reino de Lo

Avanzando siempre en dirección Norte, el paisaje torna de color rápidamente, las verdes praderas y los bosques de rododendros han quedado atrás para dar paso a un terreno áspero y desnudo. El grupo se aproxima a Jomson, una pequeña ciudad donde el gobierno nepalí ha dispuesto un control fronterizo, fuente de las últimas preocupaciones del francés. Peissel no las tiene todas consigo, conoce el clima convulso que se vive en las proximidades del Tíbet y teme que en este postrero puesto de control revoquen su salvoconducto. Finalmente, siente un gran alivio cuando el capitán del pequeño destacamento, da el visto bueno al permiso que el galo había obtenido en Katmandú y que guarda como oro en paño. Queda superado así el último obstáculo que le separa del reino de Lo, al menos en lo referente a asuntos administrativos; en adelante los “únicos” peligros provendrán de los bandidos o de las moles de piedra que en ocasiones se despeñan sobre los sinuosos senderos de montaña. O de los arrogantes soldados khampa, que por aquellos lares, en las aldeas cercanas a la frontera china, deambulan altivos y orgullosos, conocedores del temor que despiertan entre la población. Precisamente fueron estos guerrilleros los que estuvieron a punto de desbaratar el viaje del antropólogo en las mismas puertas del Mustang. Tras haber sobrepasado la aldea de Geling, Peissel se disponía a coronar una de tantas cimas cuando de pronto se le cortó la respiración: dos rifles le estaban encañonando desde muy corta distancia. Se trataba, cómo no, de dos “amistosos” khampa. Con el susto en el cuerpo, sin saber qué hacer, apenas logró decir:
– Kale, phe (despacio, calma)

Allí nos quedamos los tres, mirándonos estúpidamente. Y en realidad fue la sorpresa la que me salvó. Y la tontería. Pues, en efecto, nada más tonto que decir “kale, phe” a dos ladrones armados

Afortunadamente los khampa guardaron las armas y prosiguieron su camino. Después de aquel sobresalto y tras descender un collado, Michel Peissel se adentró por fin en los confines del Mustang. Si no fuera por la emoción que supone un momento único como aquel, podría decirse que el primer contacto con el reino de Lo resultó desalentador. Al margen del temporal de nieve con el que los viajeros fueron recibidos, el paisaje que se extendía a lo largo de todo el horizonte era desolador, una tierra hostil barrida por el viento, con profundas gargantas, montañas descarnadas y ni un solo atisbo de vida en derredor.
No obstante, el desencanto no duró mucho tiempo; cuando Michel Peissel avistó Tsarang recordó de inmediato por qué se había embarcado en aquella aventura. Tsarang era tan hermoso que el galo sintió como si se hubiese colado en el interior de un libro de cuentos. Se trataba de un pueblo irreal, imposible de ver en ningún otro lugar del mundo. Un poderoso castillo lo coronaba y sugería la importancia que aquel lugar había tenido en el pasado, un pasado muy lejano que el galo se había propuesto descubrir. Pero eso vendría más tarde, lo primero era arribar a Lo-Mantang, capital del Mustang, y presentar los debidos respetos a su monarca.

Chorten
Habían pasado dos semanas desde que abandonaran Pokhara cuando el grupo entraba en la legendaria ciudad amurallada. Peissel no era el único que tenía el vello de punta: Tashi, Kansa y Calay contemplaban embobados la asombrosa ciudadela que acababan de traspasar. No podían evitar girar la cabeza a diestra y siniestra para mirarlo todo, para no perder detalle. Por si la majestuosidad de la ciudad no fuese suficiente, quiso la casualidad recibir a los muchachos en mitad de una gran celebración. Las enormes trompetas tibetanas rugían mientras los monjes se preparaban para oficiar una ceremonia religiosa. Una muchedumbre llenaba las calles, Lo-Mantang era un mar de vivos colores, un espectáculo único que Peissel no había ni soñado contemplar.
Aquella noche costó conciliar el sueño, el francés repasaba en su memoria las intensas emociones vividas durante todo el día. Asimismo, imaginaba con preocupación cómo sería su encuentro con el rey de Lo. ¿Entendería el soberano de aquel reino de otro tiempo el propósito del viaje? ¿Recibiría amistosamente a un extranjero? No habría que esperar mucho para obtener respuestas, a la mañana siguiente un emisario del rey visitó al francés. El monarca le esperaba en Trenkar, en su palacio de verano, muy cerca de la frontera con el Tíbet.

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  1. Pablo dice:

    ¡Muy bonita historia¡ Dan ganas de coger la mochila e irse para el Mustang. Tiene que ser un viaje alucinante. ¡¡¡¡¡Ahhhhhh, me han entrado unas ganas enormes de viajar, viajar y viajar!!!!!
    Por cierto, el señor Peissel ¿vive todavía? ¿conoces algún libro o alguna web sobre él?

    • J. Suescun dice:

      Me alegro que te hayan entrado las ganas de viajar. Peissel tenía ese poder, despertaba el espíritu viajero de todo aquel – o casi – que leía sus libros. Fue capaz de transmitir su pasión por el Himalaya y de influir en miles de viajeros. Respecto a lo que preguntas, te diré que este gran aventurero murió hace no mucho, en 2011 y quizá te interese saber que vivió muchísimos años en Cadaqués. Al final de este capítulo he indicado alguno de sus libros, todos ellos muy interesantes.

      Un saludo Pablo

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