Michel Peissel en el reino de Lo

En efecto, el francés comenzó a leer aquel pequeño manual y poco a poco le fue cogiendo gusto a la idea de aprender tibetano. Sin darse apenas cuenta, el interés fue “in crescendo” y la desbordante imaginación del explorador le situaba a menudo entre las inmensas montañas del Himalaya, conversando con un grupo de sherpas o guiando un rebaño de yacs. Desde aquella tarde en la librería oriental todo parecía empujar en la misma dirección: siendo ya alumno de Harvard, Michel Peissel conoció a Tagster Rimponche, hermano del Dalai Lama, y el francés ya no albergó dudas sobre donde quería dirigir sus pasos.
No obstante, el Tíbet, que había sufrido la invasión de las tropas chinas en 1950, era por el momento un objetivo inalcanzable. Peissel fijó su mirada en un diminuto reino que se extiende en la vertiente sur del Himalaya, un territorio remoto y poco conocido que parecía colmar las inquietudes del viajero, el reino de Bután.
Tagster Rimponche era sin duda un contacto influyente y Michel Peissel obtuvo unas valiosísimas cartas de recomendación para viajar a este pequeño país. Preparó con gran ilusión la que iba a ser su primera expedición al corazón de Asia Central pero cuando ya se disponía a cruzar la frontera de Bután, todo se vino al traste. En el Tíbet, las revueltas de la población en contra de la ocupación china acabaron con una brutal represión del ejército de Mao Tse Tung y miles de muertos en las calles de Lhasa. Tenzin Gyatso, Dalai Lama, emprendió una arriesgada huida y tras días de angustiosa marcha logró atravesar la cordillera del Himalaya y refugiarse en Dharamsala, al norte de la India. La noticia causó un gran revuelo y toda la región se convirtió en un polvorín. Bután cerró sus fronteras y un Peissel desencantado tuvo que improvisar nuevos objetivos. Así pues, encaminó sus pasos al valle del Khumbu y allí, a los pies del Everest, tuvo la oportunidad de convivir con los pueblos sherpas, estudiar sus costumbres y practicar sus nociones de tibetano. A partir de aquel viaje, el alma del explorador galo quedaría vinculada ya para siempre con aquella tierra inhóspita pero majestuosa, una tierra que apenas tolera la vida humana y que sin embargo – o precisamente por ello – logra emocionar a todo aquel viajero que se atreve a asomarse a ella.

El reino de Lo

Michel Peissel mantuvo siempre vivo su deseo de aprender, su sed de conocimiento. Escuchaba con atención las viejas historias que contaban los nativos de los lugares que transitaba, le agradaba mezclarse con ellos y conversar sobre cualquier tipo de cosas. En una de aquellas charlas con sus amigos nepalíes escuchó por vez primera hablar de Lo y rápidamente se despertó el interés del antropólogo. ¡Existía un viejo reino tan recóndito que jamás había oído nada acerca de él! El hallazgo resultaba estimulante pero había un pequeño problema: no estaba permitido traspasar sus fronteras. Sin embargo, para un explorador genuino como el francés, la prohibición suponía más un acicate que un obstáculo.

Michel Peissel con su cámara de fotos Tashi, el primero por la derecha
Peissel empezó a indagar sobre aquel enigmático territorio pero apenas encontró respuestas. Averiguó no obstante, que el Mustang (Lo) había sido un reino soberano durante siglos y que actualmente dependía administrativamente de Nepal. Poco o nada se sabía acerca de su historia, de sus reyes, o incluso de su geografía. A los ojos del galo, este general desconocimiento aumentaba extraordinariamente su atractivo. El antropólogo ardía en deseos de adentrarse en el Mustang y conocer sus secretos pero se enfrentaba a un difícil reto: el gobierno nepalí había negado sistemáticamente la entrada de extranjeros y las expectativas del francés no parecían muy sensatas. A pesar de ello, su tesón y sus ganas, hicieron posible lo imposible: en 1964 obtuvo autorización para entrar en el reino de Lo por tiempo indefinido, ningún otro occidental lo había conseguido.

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  1. Pablo dice:

    ¡Muy bonita historia¡ Dan ganas de coger la mochila e irse para el Mustang. Tiene que ser un viaje alucinante. ¡¡¡¡¡Ahhhhhh, me han entrado unas ganas enormes de viajar, viajar y viajar!!!!!
    Por cierto, el señor Peissel ¿vive todavía? ¿conoces algún libro o alguna web sobre él?

    • J. Suescun dice:

      Me alegro que te hayan entrado las ganas de viajar. Peissel tenía ese poder, despertaba el espíritu viajero de todo aquel – o casi – que leía sus libros. Fue capaz de transmitir su pasión por el Himalaya y de influir en miles de viajeros. Respecto a lo que preguntas, te diré que este gran aventurero murió hace no mucho, en 2011 y quizá te interese saber que vivió muchísimos años en Cadaqués. Al final de este capítulo he indicado alguno de sus libros, todos ellos muy interesantes.

      Un saludo Pablo

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