La rocambolesca historia de Juan Pujol

La influencia de Pujol sobre los movimientos del ejército nazi había quedado de manifiesto y los británicos supieron ver, esta vez sí, el potencial de aquel extraño personaje. Con la debida cautela concertaron un primer contacto en un lujoso café de Estoril. La inteligencia británica debía indagar sobre la personalidad de Juan y averiguar cuáles eran sus verdaderos propósitos, pero el catalán pronto derribó los lógicos recelos y logró el informe favorable de todos sus interrogadores. Kim Philby, el doble agente más famoso de la historia e inspirador del personaje de James Bond, fue una de las figuras clave en la captación de Pujol. Su indudable instinto hizo que porfiara ante la alta jerarquía del servicio secreto para la contratación de Juan. Así pues, tras muchos meses de angustia e incertidumbres, la astucia de Pujol y una buena dosis de fortuna le habían colocado en el lugar que tanto había anhelado, al servicio del gobierno británico. El MI6 puso en marcha su potente maquinaria para sacar a Pujol de Portugal. No les fue difícil colar al español en un buque mercante que clandestinamente le trasladó hasta Gibraltar. Una vez en el peñón tomó un avión con rumbo a Plymouth. Corría el mes de Abril de 1942.
A su llegada a Inglaterra fue recibido por el que en adelante sería su enlace con el MI5 (servicio de contraespionaje en el Reino Unido). Tomás Harris, hombre de fuerte personalidad, polifacético, apasionado del arte y de la cultura, y con un fuerte vínculo con España, jugó un papel crucial en la labor que Pujol desempeñaría desde aquel instante. Tomás no sólo fue el álter ego de Juan en lo profesional, la complicidad entre ambos derivó en una estrecha amistad que duró hasta el prematuro fallecimiento de Harris en 1964.
7.  Tomas Harris
Los funcionarios del MI5 se encargaron de todo lo necesario para que Juan Pujol pudiera ejercer su labor de contraespionaje sin despertar sospechas. Le alojaron en una pequeña casa de Londres, le proporcionaron una identidad falsa y un empleo igualmente falso. Uno de aquellos funcionarios que había rastreado toda la actividad de Arabel durante los meses anteriores, Cyril Mills, fue el que bautizó al catalán con el nombre de “Garbo”, aludiendo al papelón – digno de un óscar – que Juan había protagonizado en su etapa portuguesa. A partir de aquel momento Harris y Pujol trabajaron codo con codo en una compleja misión de intoxicación informativa. El servicio secreto alemán no debía notar ningún cambio en cuanto al desempeño de Arabel y ese fue el primer objetivo de Tomás Harris; utilizó los agentes del MI6 destacados en Portugal para que Pujol pudiera seguir enviando y recibiendo mensajes a través de la vía Lisboa-Madrid-Berlín. Con el apoyo de Harris, los informes de Arabel se fueron haciendo cada vez más valiosos, al menos aparentemente. Desde su verdadera llegada a Londres poseía toda la información que necesitaba, podía incluir datos reales, aunque de escasa trascendencia, o podía dar cuenta de importantes noticias militares que, lamentablemente, llegaban demasiado tarde. Siempre se podía achacar esta tardanza a lo dificultoso del sistema de mensajería clandestino. Pero no sólo creció la calidad de los informes, de la misma manera la red de agentes se fue haciendo cada vez más amplia. La desbordante imaginación de Juan creaba colaboradores de lo más variopinto, que una vez “aprobados” por Harris veían la luz al igual que nacen los personajes de una novela. El Abwehr se sentía plenamente satisfecho al creer que disponía de una tela de araña vigilando todo el Reino Unido. Esta inocencia germana fue posible gracias al excelente trabajo de la inteligencia británica que había desmantelado la práctica totalidad de los verdaderos espías alemanes en suelo inglés, convirtiendo en agentes dobles a un buen número de ellos.
Curiosamente, el prestigio de Arabel crecía en la misma medida que la valoración de Garbo. La contrapartida era el enorme trabajo que suponía mantener viva la ficticia red de sub-agentes. Pujol pasaba horas y horas encerrado en su despacho dando rienda suelta a su intensa labor creativa. Tenía que dotar a los personajes de una personalidad propia, cada uno de ellos con sus virtudes y limitaciones, sus anhelos y motivaciones, y lo más importante, era necesario revisar concienzudamente toda la trama para no incurrir en incoherencias que despertasen la sospecha de los adormilados controladores alemanes. Hasta el más insignificante detalle debía estar bajo control.

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