La rocambolesca historia de Juan Pujol

Fue su buena estrella de nuevo la que quiso colocar en el camino la pieza del puzle que Juan necesitaba. En su mismo hotel de Lisboa se alojaba un funcionario español que en pocos días debía tomar un barco rumbo a Argentina. Pujol comprendió de inmediato que tenía ante sí una gran oportunidad y, de manera improvisada, desarrolló su primera labor de espionaje al más puro estilo de la época. Intentó ganarse la confianza del funcionario y para fortalecer la reciente amistad con su compatriota convenció a éste para disfrutar juntos de la noche lisboeta. Pocos días después, como broche final a aquellos días de diversión, le propuso viajar a Estoril para disfrutar del glamouroso casino que tanta fama había dado a la ciudad. Todo salió a pedir de boca y una vez allí, alojados en la misma habitación, no le fue difícil rebuscar en el equipaje de su compañero y fotografiar su visado diplomático. Días más tarde, acudió a una imprenta y realizó la falsificación de su propio visado.
De regreso a Madrid se repitieron las reuniones con el Abwehr y Pujol se reveló definitivamente como un consumado actor, cada vez más confiado de sus posibilidades. Los funcionarios alemanes fueron incapaces de detectar los numerosos embustes del español y finalmente decidieron probar su valía como agente de inteligencia. A partir de aquel momento Pujol fue adiestrado por un hombre llamado Fiedrich Knappe. Federico, como también se conocía a Knappe, sería en adelante su principal interlocutor. El español necesitaba conocer el funcionamiento del cifrado de mensajes, el uso de tinta invisible, y muchos otros aspectos básicos en la labor de un agente secreto. Tras aquella apresurada formación Pujol estaba preparado por fin para iniciar su gran aventura. Debía establecerse en el Reino Unido y crear una red de agentes que trabajasen a favor de la causa alemana. En Julio de 1941 abandona definitivamente territorio español y se traslada hasta su primera escala, Lisboa. Primera y única escala, puesto que Pujol no podía salir de la península ibérica con un pasaporte falso. El visado que había conseguido en Estoril, le había servido para convencer a Fiedrich Knappe de que podía contar con sus servicios, pero sin duda no le hubiera permitido traspasar los controles fronterizos. Los agentes del Abwehr no se tomaron la molestia de comprobar la autenticidad del documento y Pujol, en su alocado plan, se veía ahora en la necesidad de hacer creer a los alemanes que había aterrizado en Londres.
La astucia del catalán le guió en los siguientes pasos a dar; lo primero que debía resolver era el sistema de comunicación con sus controladores de Madrid y para ello necesitó inventar su primer contacto ficticio en tierras británicas, un aviador que realizaba habitualmente la ruta entre Londres y Lisboa y que se había prestado a colaborar. Pujol adornó el fraude con convincentes argumentos que parecían reforzar la seguridad en el sistema de comunicación y dio instrucciones a Knappe para que la correspondencia fuera enviada a un apartado de correos de la capital portuguesa. El piloto, su primera captación, se encargaría de trasladarla a Inglaterra. En Portugal, otro contacto recogería los mensajes del español y los reenviaría a Madrid. Obviamente, este contacto era el propio Pujol que comenzó a despachar correspondencia desde Lisboa fechando siempre sus cartas con unos cuantos días de retraso. Un truco simple que sin embargo no despertó sospechas en la embajada alemana de Madrid. A fin de cuentas, el español estaba haciendo lo que se le había pedido, captar colaboradores. Los germanos picaron el anzuelo con facilidad.

7.  Tinta invisible

Este primer gran engaño le proporcionó al catalán cierto sosiego para ordenar sus ideas y preparar sus siguientes pasos. Acudió a la embajada británica en Lisboa pero al igual de lo que sucedió en Madrid, fue nuevamente rechazado. Pujol se había metido él solito en un tremendo lío pero hasta que los ingleses no le abrieran sus puertas, no quedaba más remedio que prolongar el papel de entusiasta defensor del III Reich. Para ello debía agudizar todo su ingenio y proporcionar a su contacto alemán informes militares o estratégicos que pareciesen veraces. Pero, ¿cómo hacerlo desde Portugal? Fue aquí, apremiado por la necesidad, cuando se desbordó todo el talento imaginativo del catalán. Empezó a frecuentar las bibliotecas públicas para leer la prensa inglesa y tomar el pulso a la sociedad británica. Se compró una guía turística del Reino Unido y grabó en su memoria todos los datos de los que poder valerse para redactar sus informes: nombres, lugares, empresas, eventos,… De este modo, con la hábil introducción de datos reales, sus escritos cobraban mayor verisimilitud.

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