La rocambolesca historia de Juan Pujol

Sin embargo la suerte quiso ponerse de su lado y, casi sin buscarlo, Pujol encontró la primera pieza que necesitaba para abordar su proyecto de abandonar el país. La diosa fortuna había conducido a un hombre de gesto amable y porte elegante hasta el hotel donde Juan había comenzado a ejercer su labor como gerente. Sumido en sus quehaceres cotidianos en el hotel, Juan recibió con sorpresa la inesperada petición de su nuevo cliente. Éste pretendía complacer a dos amigas de la alta alcurnia que para satisfacer su infantil esnobismo querían conseguir whisky en el mercado negro. Pujol explicó a su distinguido huésped que la mejor manera de conseguir el licor era traerlo desde Portugal pero que muy a su pesar, él no les podría acompañar al no disponer del visado necesario para viajar al país vecino. Casi sin quererlo y gracias a su extraordinaria agilidad mental, el catalán había pergeñado de manera improvisada el ardid perfecto para conseguir su primer objetivo, un pasaporte. Su cliente disponía sin duda de buenos contactos y no le resultó difícil conseguir un visado para Pujol. La excursión a Portugal transcurrió sin incidentes y de la noche a la mañana Juan se había hecho con un valioso pasaporte que aunque todavía no tenía claro el uso que le iba a dar, intuía sin embargo que podía ser la llave hacia un futuro lejos de España.
Mientras estas confusas ideas se iban ordenando en su mente, en el catalán crecía a partes iguales un sentimiento de angustia ante el implacable avance del ejército alemán en Europa y un absoluto rechazo a cualquier signo de totalitarismo. Fue entonces cuando nació en el español un profundo sentimiento anglófilo. Con el gobierno francés tristemente sometido bajo el empuje del nazismo, Gran Bretaña se erigía como el único país capaz de salvar de la barbarie a millones de europeos y Pujol se devanaba los sesos pensando en la manera en la que poder ayudar a los ingleses. El primer intento en este sentido se produjo a comienzos de 1941 cuando el de Barcelona se presentó en la embajada británica ofreciéndose como colaborador. Según algunas fuentes, este primer contacto no lo realizó Pujol directamente sino que fue su esposa Araceli, mujer de enorme personalidad, la que se entrevistó en Madrid con los funcionarios ingleses. En cualquier caso, ya fuera Araceli como si fue el propio Juan, la oferta fue recibida con absoluta frialdad. Una reacción lógica teniendo en cuenta que la legación británica, sabiéndose en desventaja frente a los alemanes en aquella España franquista, recelaba de todo y de todos. Su principal labor no era captar colaboradores sino utilizar su servicio diplomático para tratar de que España no abandonara su postura de neutralidad.

7. Juan y Araceli

Arabel y la etapa portuguesa

El rechazo de los británicos contrarió notablemente a Juan pero de ninguna manera cercenó su ya decidido compromiso. Pujol entendió que para ser aceptado por los ingleses debía ofrecer algo más que buenas intenciones de modo que rápidamente ideó un nuevo plan. Pensó que de haber podido mostrar algún tipo de información sobre los nazis, aquella visita a la embajada británica hubiera tomado otro cariz completamente diferente. Así las cosas, la solución pasaba por hacer el camino inverso, es decir, infiltrarse en la legación alemana como paso previo a sus verdaderos propósitos. Un plan ciertamente arriesgado que a priori no parecía ofrecer muchas oportunidades de éxito. Tan solo el arrojo de un aventurero – o de un hombre desesperado – podía empujar a Juan hacia aquel temerario proyecto.
Comenzó aquí la “carrera interpretativa” de Pujol al hacerse pasar por un ferviente admirador de Franco y del régimen alemán. Un disfraz con el que pretendía ganarse la confianza de los germanos. El señuelo no tardó en funcionar hasta el punto de conseguir una entrevista con un miembro de la embajada. Los primeros contactos fueron breves y fríos pero poco a poco el español supo derribar los recelos que su ofrecimiento había despertado. Tras varias reuniones e interrogatorios el Abwehr – servicio alemán de inteligencia – estimó interesante la colaboración de Pujol, siempre y cuando estuviese dispuesto a trabajar desde suelo británico. Juan no mencionó entonces que su pasaporte tan sólo le permitía viajar a Portugal, no quería estropear lo que tenía al alcance de los dedos. A finales de Abril de 1941 hizo las maletas para trasladarse a Lisboa; todavía no sabía cómo pero estaba decidido a conseguir su billete a Londres.

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