La rocambolesca historia de Juan Pujol

El 6 de Junio de 1944 fue un día crucial para la historia de Europa, y del mundo. Del éxito o el fracaso del desembarco de las tropas aliadas en la Francia ocupada dependería en gran medida el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Era un secreto a voces que los aliados preparaban el asalto al continente pero, ¿dónde habían previsto el ataque? Esta incertidumbre era la única baza que jugaba a su favor de tal manera que el alto mando anglo-americano concentró todos sus esfuerzos en desarrollar una minuciosa operación de engaño que pretendía desviar el grueso del ejército nazi hacia el lugar equivocado, el paso de Calais. El esperado desembarco tuvo lugar en Normandía, casi trescientos kilómetros más al sur.

Tuvieron que pasar más de cuarenta años para conocer la identidad de una de las figuras clave en la compleja labor de desinformación que llevó a cabo el servicio de inteligencia británico y que al fin y a la postre supondría el golpe definitivo que acabaría con la ocupación nazi. Un hombre menudo, de mirada astuta y sonrisa pícara, tuvo un papel decisivo en el éxito de la misión. Se llamaba Juan Pujol García y su labor como agente doble resultó tan convincente que fue condecorado por ambos bandos. Su rocambolesca historia, llena de peripecias, plagada de sucesos inverosímiles, forma parte ya de los episodios más extraordinarios en el mundo del espionaje moderno. Pero como en todas las buenas historias de espías, la vida de Juan Pujol ofrece algunos claroscuros e incertidumbres, ¿qué circunstancias le llevaron al peligroso mundo del espionaje?, ¿cómo logró infiltrarse en el servicio secreto alemán?, ¿qué motivaciones le empujaron a tomar partido en la contienda?

La Guerra Civil

Corre el año 1912 cuando en una fría mañana de Febrero nace en Barcelona Juan Pujol García. Hijo de un próspero empresario textil, la vida cómoda de que goza en su juventud sólo se ve turbada por la agitación política de la Barcelona de principios del siglo XX. En aquellos años de inestabilidad política y confrontación social, se va fraguando en el joven Juan su aversión a la violencia y a los extremismos. Su preocupación y desasosiego crecen día a día, llegando a su punto álgido en Julio de 1936 con el estallido de la guerra civil. A Pujol le horroriza la idea de participar en una guerra fratricida y decide huir ante su inminente llamada a filas. Busca refugio en casa de su novia comenzando así su periodo de reclusión “voluntaria”. No pasaría mucho tiempo en su primer escondite por culpa de un inoportuno chivatazo; su futuro suegro había accedido a salvaguardar algunos objetos de valor de ciertos amigos que habían huido al bando nacional, una torpeza que provocó el encarcelamiento de toda la familia. Tras varios días aislado en una mísera celda y cuando ya temía por su vida, sucedió lo inesperado. Un hombre llegó de improviso y en un abrir y cerrar de ojos le liberó de su cautiverio llevándoselo consigo. Más tarde supo que aquel hombre misterioso pertenecía a “Socorro Blanco”, una organización que operaba en zona republicana en “auxilio” de los simpatizantes del ejército sublevado.
Cuando ya al final de su vida Pujol hizo un repaso de su biografía no supo – tal vez no quiso – explicar porqué recibió esta ayuda. Se trata de uno de esos episodios un tanto opacos a los que antes nos referíamos. Sea como fuere, Pujol abandonó la prisión para vivir un nuevo cautiverio. Es cierto que cambió la lúgubre celda por una casa pero la sensación era igual de asfixiante: vivía entre penumbras, sin apenas moverse para no hacer ruidos y sin ningún tipo de contacto con el exterior. Tras un año de encierro el catalán era un hombre hundido, física y moralmente. No podía resistir más en aquel agujero y pidió a sus “libertadores” que le sacasen del insoportable confinamiento. Consiguió documentación con una nueva identidad y regresó a la “calle” con un objetivo claro: huir de aquella España sumida en la locura.

“No era de mi agrado aquella vida ficticia y menos lo era el verme involucrado en una lucha en la cual yo no tenía fe. Los años de encierro y persecución moldearon mi personalidad y muchos de mis sueños se vieron frustrados y aniquilados […] Lo que me importaba era vivir y sentir la esperanza de una nueva vida, la actual la aborrecía y toda mi desgracia la hacía recaer en la vieja y decrépita generación que nos había conducido a la guerra, a la inevitable colisión entre unos y otros a causa de polémicas políticas y de ideas radicales, extremadas y absolutas.”

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