El sueño de Schliemann

Tras la segunda guerra mundial el tesoro de Príamo estuvo desaparecido durante años. Hoy es sabido que fueron los soviéticos los que se lo llevaron de Berlín cuando entraron victoriosos en la capital germana al término de la contienda en Europa. Años después de su hallazgo, algunos expertos determinaron que el tesoro no perteneció a la Troya homérica sino que es alrededor de mil años más antiguo. Actualmente las joyas pueden ser admiradas en el museo Pushkin de Moscú, aunque todavía están sujetas a reclamación por parte del gobierno alemán.

La máscara de Agamenón

El matrimonio Schliemann regresó a Atenas. Heinrich se sentía ansioso por dar a conocer sus descubrimientos. Tras la noticia, la comunidad científica pasó de la indiferencia al entusiasmo. El alemán dedicó aquellos meses a dar charlas y conferencias, especialmente en el Reino Unido, y a recopilar toda la información recogida durante aquellos años de trabajo en un libro que presentó bajo el nombre de “Antigüedades troyanas”. Entretanto, el gobierno otomano presentó una demanda contra Schliemann, reclamando una fuerte indemnización en relación al ya famoso tesoro. El proceso fue largo, con complejas negociaciones y numerosas mediaciones. Obviamente, mientras se dirimía esta cuestión, Heinrich no pudo continuar sus trabajos en Hisarlik y ya en el año 1876 dirige sus esfuerzos hacia la Grecia continental. La Micenas de Agamenón, el gran enemigo de Troya, supone otro reto tentador.

4.  Mascara de Agamenon

 
En Micenas volvió a dejarse guiar por los textos clásicos; en este caso fue la obra de Pausanias la que acompañó la búsqueda del arqueólogo y le condujo hacia un nuevo éxito. Schliemann encontró un grupo de tumbas y un impresionante ajuar funerario en torno a ellas, señal indudable de que la cámara sepulcral correspondía a una familia regia. De entre los numerosos objetos del riquísimo ajuar funerario destaca el hallazgo de varias máscaras de oro, una de las cuales fue identificada por Schliemann como la “máscara de Agamenón”. Estudios más modernos han ubicado la máscara en un periodo alrededor de tres siglos anterior al rey de los aqueos. Una nueva precipitación de Schliemann que sin embargo no ensombrece en absoluto el asombroso descubrimiento, que de esta manera aportaba evidencias arqueológicas de la desconocida civilización micénica.

El legado

En su contencioso con el gobierno otomano Schliemann contó con la ayuda del embajador británico en Constantinopla cuya mediación resultó de gran importancia en la resolución del conflicto. Gracias a la intercesión del diplomático, el alemán pudo obtener un nuevo permiso para reanudar las excavaciones en Troya. Estas se iniciaron en Septiembre de 1878 y se prolongaron en distintas campañas hasta 1882.

Los últimos años de trabajo de Schliemann fueron muy provechosos; se corrigieron errores del pasado y la investigación arqueológica cobró un mayor carácter científico. Heinrich supo rodearse de excelentes colaboradores que le ayudaron a interpretar con mayor rigor los hallazgos encontrados. Quizá el más destacado de entre sus colaboradores fue el también alemán Wilhelm Dörpfeld, que con su mirada experta fue capaz de desenmarañar el complejo entramado de muros que se cruzaban en todas direcciones, para de esta manera clarificar la complicada estratigrafía troyana.

Tras la muerte de Schliemann en 1890 Dörpfeld retomó los trabajos de su antiguo jefe y logró nuevos e interesantes descubrimientos. Examinó hasta el último rincón del yacimiento de Hisarlik e identificó hasta nueve estratos. En el sexto nivel encontró restos de cerámica muy similares a los hallados en Micenas unos años antes, lo que le llevó a sugerir que la llamada Troya VI debía corresponder con toda probabilidad con la Troya incendiada por Ulises.
 

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