El sueño de Schliemann

Heinrich se había casado en segundas nupcias recientemente y su esposa le acompañó en buena parte de los trabajos. Sophia era una joven muchacha griega que compartía con el alemán su amor por los relatos homéricos. Ambos, junto con algunos capataces más, supervisaban en todo momento el trabajo de los obreros. El matrimonio vivía en un pequeño barracón de madera construido en lo alto del collado lejos de las comodidades que ofrecía su casa de Atenas.

Las zanjas abiertas en Hisarlik empezaron a mostrar grandes muros y restos de edificaciones. Estos primeros hallazgos pertenecían a épocas claramente posteriores al rey Príamo y Schliemann, en su obsesión por encontrar la Troya homérica, no dudó en demoler lo que fuera necesario. Tras los muros, griegos y romanos, empezaron a aparecer distintos tipos de vasijas y otros enseres de cerámica. Las excavaciones se fueron haciendo más y más profundas y pronto se hizo evidente que en aquel lugar había superpuestos varios asentamientos.

“Las dificultades no hacen otra cosa que aumentar mi deseo de alcanzar la meta que, al fin, tengo ante mí, y demostrar que Ilión descansa en hechos reales […] No ahorraré ningún esfuerzo ni gasto hasta conseguir el fin que me he propuesto”

Los objetos encontrados eran cada vez más numerosos y Schliemann creyó ver en algunos de ellos signos que le hacían presagiar la cercanía del éxito. Y éste llegó, o eso creyó Heinrich, cuando tras desenterrar los vestigios de varias ciudades superpuestas tropezó con los restos de una gran muralla que había sido calcinada y junto a éstos, una enorme puerta que enseguida identificó como las puertas Esceas. Las huellas del incendio se hallaban por todos lados, todo encajaba, el germano sintió el éxtasis ¡lo había logrado!

Habían transcurrido más de cuarenta años desde que aquel niño de Neubukow se prometiera a sí mismo encontrar la legendaria Ilión. El sueño de infancia de Heinrich Schliemann se había cumplido al fin. Heinrich y Sophia celebraron con gran entusiasmo el hallazgo sin olvidar no obstante, que todavía quedaba mucho trabajo por hacer y mucho terreno que examinar.

El tesoro de Príamo

Corría el año 1873. Una mañana de mayo, durante uno de aquellos interminables trabajos de búsqueda, Heinrich se dio de bruces con un gran arcón metálico. Rápidamente intuyó que podía tratarse de algo importante y quiso evitar las miradas curiosas de sus empleados. Se acercó a los obreros e inventándose una excusa les dio el día libre. Entonces, llamó a su esposa y juntos se percataron de que estaban ante un gran tesoro: collares, diademas, brazaletes, gargantillas, copas, jarrones…, cientos y cientos de joyas y otros objetos de gran valor. Heinrich permanecía atónito admirando la grandiosidad de aquel tesoro que inmediatamente atribuyó a Príamo, el rey troyano. No pudo resistir la tentación de vestir a su esposa con aquellas joyas milenarias y contemplarla emocionado. La foto de Sophia con las joyas del tesoro de Príamo adquirió cierta popularidad y se puede observar hoy en numerosas publicaciones.

4.  Sophia Schliemann

¿Por qué Schliemann se apresuró en echar de aquel lugar al centenar de obreros que trabajaban en la excavación? Heinrich explica en su autobiografía que quiso salvaguardar el tesoro por miedo a que pudiera ser robado. ¿Realmente fue así o se debió a la propia codicia del arqueólogo? ¿Quién lo sabe? De lo que no hay duda es que Heinrich ocultó el hallazgo al gobierno turco y se lo llevó, primero a Atenas y luego a Berlín. Si creemos las palabras de Schliemann, éste intentó evitar que aquellas riquezas acabasen en una fundición convertidas en monedas de oro, teoría que no es descabellada si recordamos alguna experiencia del pasado. Heinrich deseaba que aquel tesoro de valor incalculable luciese en algún museo de renombre mundial y no confiaba que esto sucediese así si lo dejaba en manos de los dirigentes turcos.
 

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