El sueño de Schliemann

Heinrich Schliemann era un hombre apasionado sí, pero también metódico y observador. Tras la emoción inicial pronto mostró dudas sobre el enclave de Pinarbasi. Era tal su conocimiento de la obra de Homero que enseguida observó algunos detalles que no encajaban con las descripciones del poeta. Lo primero que le llamó la atención fue la distancia al mar, que parecía excesiva. Según los textos de la Ilíada los griegos se habían acuartelado en la costa junto a sus barcos y los guerreros iban y venían continuamente desde el campamento hasta la ciudadela troyana, de tal manera que Schliemann comprendió que aquel lugar tan alejado de la playa no podía corresponder a la ciudad amurallada. A pesar de sus sospechas no se rindió y siguió buscando pistas que le ayudaran a confirmar sus intuiciones. Exploró con detenimiento toda la comarca y encontró un rincón con varias fuentes que le hicieron albergar alguna esperanza. Cantan los versos de la Ilíada que las mujeres troyanas utilizaban dos fuentes, una fría y otra caliente, donde lavaban sus ropas. Sin embargo, el germano sólo encontró fuentes frías. Las excavaciones tampoco arrojaron datos esperanzadores y Heinrich descartó definitivamente Pinarbasi.

Schliemann volvió a centrarse en su “biblia”, la Ilíada, y examinando sus cantos como si de un mapa se tratase inspeccionó todos los posibles asentamientos de Ilión. Un arqueólogo escudriñando la geografía de la Tróade con su viejo libro en las manos. Resulta sin duda una imagen muy cinematográfica pero realmente fue así como Homero condujo a Heinrich a aquella meseta situada entre los ríos Escamandro y Simois. El día que por vez primera atisbó la colina de Hisarlik, cerca del Helesponto, supo que había llegado a su objetivo. Su corazón no albergaba dudas.

“En cuanto se pone el pie en la llanura troyana, queda uno lleno de asombro al contemplar la hermosa colina de Hisarlik, que parece destinada por la Naturaleza a sustentar una gran ciudad con su ciudadela”

Las excavaciones

Parecía que lo más difícil estaba hecho, pero no era suficiente; Heinrich necesitaba evidencias que dieran credibilidad a sus teorías. La misión presentaba numerosas dificultades. En primer lugar, lograr la autorización necesaria para comenzar las excavaciones resultó una tarea agotadora. Fueron muchas y muy complejas las negociaciones que Schliemann mantuvo con el gobierno otomano. Finalmente, en Octubre de 1871, obtuvo los ansiados permisos para comenzar sus trabajos en la colina de Hisarlik.

4.  Hisarlik

Hoy en día es fácil encontrar detractores de la figura de Schliemann. Muchas de estas voces enfatizan los errores del alemán y reprochan sus métodos poco científicos acusándole de haber destrozado gran cantidad de material arqueológico. Es cierto que hubo errores y que hubo destrozos pero bajo mi punto de vista estas críticas no tienen en cuenta la época en la que se sitúan los acontecimientos. En aquel tiempo la arqueología como ciencia se encontraba en sus inicios y como cualquier disciplina necesitó un tiempo de crecimiento y evolución. No son comparables los medios tecnológicos ni los conocimientos sobre estratigrafía de que disponen los arqueólogos actuales con los que se tenían a mediados o finales del siglo XIX.

A mi modo de ver Heinrich Schliemann fue un pionero y como tal habría que evaluarlo. Su apasionamiento por los cantos de la Ilíada le llevaron en más de una ocasión a conclusiones precipitadas, pero ¿qué sabríamos hoy en día acerca de Ilión de no ser por la terquedad del alemán? No olvidemos que prácticamente la totalidad de la comunidad científica no creía en la existencia de Troya y circunscribían los textos homéricos únicamente al terreno de la ficción. Cuando en Octubre de 1871 comienzan los trabajos de excavación en la colina de Hisarlik, la noticia es recibida con sorna y desprecio por la mayor parte de eruditos occidentales. Únicamente en el Reino Unido algunos arqueólogos se interesan sinceramente por las investigaciones de Schliemann. La incomprensión de los “expertos” no desalentó al germano, de tal manera que tras reclutar más de un centenar de hombres, en pocos meses de trabajo se habían abierto grandes zanjas a lo largo y ancho de toda la colina.
 

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