El sueño de Schliemann

Tras la inestabilidad política llega una relativa calma y Heinrich siente que ha llegado el momento de abandonar la primera línea en la dirección de sus negocios y enfocarse a sus grandes pasiones. En primer lugar decide estudiar griego moderno, tarea que apenas le lleva seis semanas de esfuerzo. Más tarde se atreve con el griego antiguo y en pocos meses es capaz de leer a Homero en su lengua original, uno de sus sueños juveniles. Después de muchos años de duro trabajo Schliemann se siente preparado para acometer el gran objetivo de su vida, pero sabiendo que aquella empresa le puede llevar hasta el fin de sus días, antes decide darse el capricho de viajar. Transita por medio mundo y sigue incorporando nuevas lenguas a su currículum; sus viajes le llevan a Italia, Escandinavia, Siria, Egipto, Túnez, India, China, Japón,… y un sinfín de destinos que enriquecen enormemente el bagaje del alemán. En 1866, con un claro objetivo en su mente, se establece en París para cursar estudios de una ciencia incipiente, la arqueología, que le será de gran ayuda para llevar a cabo sus propósitos.

Ítaca

En 1868 Schliemann pisa por vez primera suelo griego y qué mejor lugar para hacerlo que en la isla de Ítaca, cuna del legendario Ulises. Heinrich lo describe así:

“Por fin me fue posible realizar el sueño de mi vida: visitar con el sosiego deseado el escenario de los acontecimientos que tan profundo interés despertaron en mí, y la patria de los héroes cuyas aventuras consolaron y encantaron mi niñez”

Su primer trabajo arqueológico lo realizó en el monte Aetos donde, si la fortuna se colocaba de su parte, esperaba encontrar algún resto del palacio de Odiseo. Schliemann se sentía tremendamente dichoso de estar en aquel escenario, de pisar por donde Ulises pisó, de correr por donde Argos corrió, de contemplar los mismos paisajes que Penélope contempló. Su corazón estaba henchido de gozo. Con un ejemplar de la Odisea en las manos, buscaba la inspiración que le guiase acertadamente en sus excavaciones. Halló algunas vasijas y herramientas y rápidamente imaginó que éstas habrían pertenecido a Penélope. Día tras día confirmaba que las descripciones de Homero concordaban con todos aquellos enclaves por los que transitaba y este hecho le reafirmaba en su convicción de que detrás de los textos homéricos se hallaban sucesos históricos y no meras fábulas. Sin embargo, aunque encontró restos de alguna edificación éstos pertenecían a una época inequívocamente posterior a Ulises.

4.  Ulises y las Sirenas

Un cierto día, mientras hacía un pequeño descanso, se le acercó un grupo de lugareños que miraban con curiosidad al exótico extranjero. Comenzó entonces a recitar en griego algunos versos de la Odisea. En aquel lugar de leyenda, con la armonía de los textos de Homero y el recital apasionado de Schliemann, se desbordaron las emociones, los ojos de los vecinos se tornaron vidriosos y el propio Heinrich lloró emocionado junto a ellos.

Buscando Troya

Tras su bautismo como arqueólogo en Ítaca, Schliemann se trasladó a Atenas. No podía demorar por más tiempo su gran objetivo. Había conseguido el dinero necesario y tenía los conocimientos suficientes; era hora de emprender la búsqueda de Aquiles, de Héctor, de Agamenón, …, y de demostrar al mundo que detrás de la leyenda se escondían algunos de los pasajes más bellos de la historia antigua.

Heinrich zarpó del Pireo rumbo al estrecho de los Dardanelos. Algunos estudiosos conjeturaban con la ubicación más probable de Troya, en caso de que ésta hubiera existido, y todo parecía apuntar a la aldea de Pinarbasi, en la actual Turquía. Es fácil imaginar cuán grandes fueron las emociones del alemán tras tantos años soñando con aquel momento.

“Confieso que apenas si pude dominar mi emoción cuando vi ante mí la enorme llanura de Troya, cuya imagen tuve siempre ante los ojos en los sueños de mi primera infancia”

 

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