El sueño de Schliemann

Un buen día, el asfixiante tedio se rompió cuando un molinero borracho entró en el establecimiento en busca de aguardiente. Herman Niederhöffer, que así se llamaba, hablaba en una extraña lengua. Heinrich no entendía ni una sola palabra pero el melodioso ritmo de lo que parecía un poema encandiló al joven tendero. Ante las preguntas de Schliemann, el borrachín Niederhöffer acertó a explicar que recitaba unos versos de Homero y qué mejor manera para honrar a su amado poeta, que hacerlo en su lengua, el griego. Tras mucho tiempo sumido en una vida gris, sin ningún tipo de aliciente, Schliemann volvía a sonreir. Se gastó sus exiguos ahorros en varias rondas de aguardiente para seguir escuchando al beodo molinero. La belleza de aquellas palabras le devolvieron la ilusión de su niñez y trajeron un nuevo sueño para el alemán. ¡Qué grande sería poder hablar algún día la lengua de Homero!

4.  Homero

Schliemann quería escapar de aquella vida monótona e insulsa pero no sabía cómo hacerlo. La fortuna apareció disfrazada de fatalidad; un accidente mientras trabajaba le produjo una afección pulmonar que le impedía seguir desempeñando su labor en el viejo almacén. Pero la necesidad obliga y el pobre Heinrich se trasladó a Hamburgo buscando con ahínco una nueva ocupación. Su delicado estado de salud le hizo perder varios empleos y desesperado, se enroló como grumete en un bergantín con destino a Venezuela. Para poder alcanzar sus sueños homéricos el alemán necesitaba reunir dinero como fuese y la idea de buscar fortuna en América le pareció adecuada a sus propósitos. El barco zarpó en Noviembre de 1841 y pronto tuvo problemas con el bravo mar del norte. Tras dos semanas de dificultosa navegación una tempestad hizo que el velero naufragara en aguas holandesas. Milagrosamente la tripulación pudo alcanzar la isla de Texel y salvar el pellejo.

Éxito

Vuelta a empezar. Heinrich Schliemann necesitaba un nuevo plan y pensó en trasladarse a Amsterdan con intención de ingresar en el ejército. Los trámites para el alistamiento se demoraron más de lo que había previsto y mientras tanto, el alemán consiguió un empleo administrativo. Fue en esta época cuando Schliemann gestó su extraordinaria faceta políglota. En una lúgubre buhardilla de Amsterdam estudió inglés y francés, y pronto se dio cuenta de su facilidad para aprender idiomas. El germano desarrolló un sorprendente método que le permitía dominar en pocas semanas nuevas lenguas. De esta manera aprendió holandés, portugués, español e italiano. Algunos de sus biógrafos comentan que a lo largo de su vida Heinrich llegó a conocer hasta dieciocho idiomas, la mayoría de los cuales dominaba perfectamente.
Gracias a los idiomas y a la ayuda de algunos amigos consiguió un mejor empleo. Una importante compañía de exportación-importación le contrató en marzo de 1844. Con indudable visión de futuro Schliemann compaginó sus obligaciones laborales con el estudio del ruso, lo que le sirvió para que a comienzos de 1846 fuera destinado a San Petesburgo como agente comercial. Su éxito laboral fue rotundo. Una vez dominados los entresijos del comercio internacional Heinrich se estableció por su cuenta y sus negocios comenzaron a prosperar. Éste no era sino el primer paso en dirección al verdadero objetivo: reunir cuanto más dinero mejor para en un futuro poder abordar la búsqueda de Troya.
En 1850 Schliemann viaja a los Estados Unidos y en plena fiebre del oro se siente seducido por la posibilidad de incrementar sus beneficios comerciando con el metal precioso. Al cabo de cierto tiempo regresa a Rusia y prosigue sus actividades comerciales. En 1854, durante la guerra de Crimea, aprovecha la coyuntura para multiplicar sus ganancias comerciando en ambos bandos con todo tipo de productos. Al ya importante empresario no parecía preocuparle la ética en los negocios, la obsesión por aumentar su fortuna era lo único importante.

 

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