El sueño de Schliemann

Desde la antigüedad hasta nuestros días, las poesías épicas de Homero han fascinado a miles de personas en todo el mundo. Ya sea por la belleza sublime de los textos, bien sea por la aureola misteriosa del autor y de los personajes, los relatos homéricos han ejercido siempre un extraordinario poder cautivador. Heinrich Schliemann fue una de esas personas que quedó subyugado por la obra del célebre poeta. Cuando a la temprana edad de siete años escuchó leer a su padre unos versos de la Ilíada, automáticamente quedó prendado de aquella historia llena de pasajes épicos y de personajes heroicos. Desde aquel momento tuvo la firme convicción de que algún día encontraría la mítica ciudad de Ilión (Troya). El sueño del pequeño Schliemann se cumplió muchos años más tarde, tras una vida ciertamente azarosa. Cuando nadie creía en la existencia de Ilión, la fe inquebrantable en Homero y la tenacidad de Heinrich Schliemann propiciaron uno de los hallazgos arqueológicos más asombrosos de la historia, las ruinas de la legendaria ciudad amurallada.

Un sueño de infancia

Heinrich Schliemann vino a este mundo un frío día de Enero de 1822 en la localidad germana de Neubukow. Su padre Ernst era un pastor protestante con fama de mujeriego y bebedor. A su afición por las mujeres y el alcohol unía otras pasiones bien diferentes, la lectura y la historia antigua. En el calor del hogar, le gustaba sentarse al lado de su hijo y leer viejas historias de tiempos remotos que avivaban la imaginación del pequeño Heinrich. El apasionamiento con el que Ernst narraba aquellos relatos caló en el jovencito, que heredó el mismo entusiasmo que su progenitor por las epopeyas de la antigüedad. Pero de entre todas aquellas historias, una sobresalía por encima del resto, la Ilíada de Homero cautivó a Heinrich de una manera casi obsesiva. El muchacho imaginaba con gozo como debía haber sido la lucha entre Aquiles y Héctor, recreaba en su mente el enorme espectáculo de la partida de más de mil naves griegas cubriendo todo el horizonte y le gustaba recordar el increíble pasaje donde Ulises pergeña un plan inaudito para penetrar en la ciudad de Troya.

En la Navidad de 1829, a punto de cumplir los ocho años, el pequeño Schliemann recibió un regalo extraordinario, un libro de Historia Universal. Aquel libro contenía maravillosas ilustraciones y el muchacho, cómo no, quedó fascinado con una imagen del príncipe troyano Eneas que huía entre las llamas que asolaban los muros de Troya cargando al hombro a su anciano padre Anquises. Con la tierna inocencia propia de los niños de su edad, Heinrich espetó: “¡Padre, debes de estar equivocado, el que puso esta imagen tuvo que haber estado en Troya, de lo contrario no hubiera podido dibujarla aquí!”

4.  Eneas y Anquises

Ernst Schliemann intentaba hacer entender a su hijo que aquella historia pertenecía a la leyenda y que la ciudad de Ilión sólo había existido en la imaginación del genial Homero pero el chico parecía hacer oídos sordos. Aquella ilustración de la huída de Eneas fue la espoleta definitiva que encendió el gran sueño del joven Heinrich. A partir de aquel momento encaminaría toda su vida a buscar la ciudad del rey Príamo.

Tiempos duros

No eran tiempos fáciles para los Schliemann. La madre de Heinrich murió cuando éste contaba nueve años de edad. Por si fuera poco, las estrecheces económicas de la familia iban en aumento. No era posible costear la educación del muchacho así que con catorce años tuvo que dejar sus estudios para emplearse como tendero en un almacén de Fürstenberg. En aquel mísero comercio pasó cerca de seis años, trabajando sin descanso y sin apenas tiempo que dedicar a otra cosa que no fuera café, aceite o arenques. Un apesadumbrado Schliemann creyó haber olvidado todo lo aprendido en la infancia y consumía sus días en la aburrida cotidianidad del pequeño almacén.
 

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