Aventuras y desventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Pero no todos los indios llegaron hasta este espléndido golfo; algunos clanes volvieron sobre sus pasos para evitar aproximarse al litoral donde habitaban tribus enemigas. De esta manera, conforme avanzaban los kilómetros, el cortejo se fue haciendo más pequeño. Y todavía se redujo mucho más cuando la expedición tomó definitivamente rumbo Sur caminando muy próximos a la costa del golfo californiano. Los indígenas sabían que los pueblos del Sur estaban esclavizados por los soldados españoles y pudo más este temor que la veneración hacia Alvar Núñez y los suyos. La proximidad de la presencia hispana se intuía cada vez más cerca y muchos indios optaron por esconderse en las montañas.

Fin del camino

Abril de 1536; cerca del río Petután (Sinaloa) Cabeza de Vaca advierte algo que le llama la atención: un indio lleva colgado al cuello un objeto de metal. Al aproximarse ve claramente que se trata de una hebilla de talabarte. El español queda boquiabierto, sin duda aquella hebilla debía haber pertenecido a un soldado. Rápidamente pregunta al indio por aquella pieza y éste le habla de unos hombres con barba que viajan a caballo. El nerviosismo se apodera del jerezano, aquella hebilla era una señal inequívoca de que los españoles no debían andar lejos. En los días siguientes hallan nuevos rastros de soldados. Tras mucho tiempo sin esperanza, se vislumbra por fin la posibilidad de escapar de aquella vida de miseria. No había tiempo que perder y Cabeza de Vaca apremia a los suyos para emprender la búsqueda. Sin embargo Castillo y Dorantes, débiles y cansados, rehúsan acelerar la marcha. Alvar Núñez no puede esperar, su corazón palpita con fuerza ante las nuevas expectativas que se han abierto de modo que haciéndose acompañar de Estebanico y once indios más se adelanta en busca de los cristianos.

No tardó mucho en encontrar lo que buscaba. Al cabo de pocos días los trece adelantados se toparon con varios soldados a caballo. Cabeza de Vaca, que había llegado al borde de la desesperación y de la locura sintió un cúmulo de extrañas sensaciones. Al margen de sus compañeros, aquellos eran los primeros hombres blancos que veía desde que zarpara del puerto de Sanlúcar de Barrameda allá por el mes de Junio de 1527. Rápidamente pasaron por su mente los recuerdos de aquellos años de infortunio: los naufragios, la traición de Narváez, el hambre, la esclavitud, los chamanes,… En aquellos instantes, intentando comprender el nuevo escenario, su ánimo oscilaba entre la carcajada más estruendosa y el llanto más desgarrador.

Los soldados permanecieron un largo rato sin decir ni una palabra; contemplaban pasmados desde lo alto de sus monturas aquel singular grupo formado por varios indios, un negro que no dejaba de observarles y otro hombre, desaliñado, sucio, cubierto por pieles de venado, con una enorme pelambrera y una larguísima barba, y que para su sorpresa, empezó a balbucear algunas palabras en castellano. Cuando finalmente se percataron de la identidad del andaluz, no salían de su asombro. Hacía mucho tiempo que se había dado por muertos a todos los integrantes de la expedición de Pánfilo de Narváez y la sorpresa fue mayúscula. ¿Cómo era posible encontrar a este pobre diablo a miles de kilómetros de las costas donde naufragó? ¿Cómo había logrado sobrevivir? ¿Por qué venía escoltado por aquellos indios? Una vez superado el impacto de la desconcertante aparición los soldados condujeron a aquel grupo de desdichados hasta el campamento y acto seguido, guiados por Estebanico, enviaron un pequeño destacamento en busca del resto de viajeros.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Estebanico “el Negro”, eran los únicos cuatro supervivientes de la expedición que, comandada por Pánfilo de Narváez, había zarpado de aguas gaditanas nueve años atrás.

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