Aventuras y desventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

“Y por esto yo puse en obra de pasarme a los otros, y con ellos me sucedió algo mejor; y porque yo me hice mercader, procuré de usar el oficio lo mejor que supe, y por esto ellos me daban de comer y me hacían buen tratamiento y rogábanme que me fuese de unas partes a otras por cosas que ellos habían menester […] Y ya con mis tratos y mercaderías entraba en la tierra adentro todo lo que quería […] y este oficio me estaba a mí bien, porque andando en él tenía libertad para ir donde quería y no era obligado a cosa alguna”

 

Huyendo hacia el Sur

Desde este nuevo estatus, Cabeza de Vaca planeó su huída en busca de la civilización. Tenía el propósito de viajar hacia el Sur en busca de los territorios de la Nueva España. Mientras su mente urdía el plan de fuga, en una de aquellas incursiones tierra adentro se topó con los indios Quevenes que le informaron de la presencia cercana de tres españoles que convivían en el seno de una tribu vecina. La noticia alentó al andaluz que con prontitud logró reencontrarse con sus viejos camaradas Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y al esclavo de éste, un fornido hombre de raza negra al que llamaban Estebanico. El resto de los españoles habían muerto de frío, hambre o cansancio.

5.  Paisaje

Alvar Núñez informó a sus amigos sobre los planes de fuga que albergaba en su cabeza y éstos le aconsejaron esperar unos meses hasta que los indios viajasen, en una de aquellas rutas migratorias, hasta un territorio desde donde les sería más fácil emprender la huída. Cabeza de Vaca accedió a pesar de que tendría que pasar aquellos meses nuevamente como esclavo. Tal como habían previsto, al cabo de seis meses los indios se trasladaron a aquel enclave desde el que los españoles esperaban fugarse pero en esta ocasión la fortuna les fue esquiva. Unas agrias disputas surgidas entre los indios provocaron que los distintos clanes se separasen, quedando los cuatro españoles aislados unos de otros.

Hubieron de esperar un año entero para que el ciclo migratorio se repitiese y pudieran regresar a aquel lugar. Fue un año duro para Cabeza de Vaca, no sólo por la larga espera sino porque volvió a sufrir el mal trato de los indios. Intentó escapar hasta en tres ocasiones pero no tuvo éxito. Corría el mes de Septiembre de 1534 y los españoles, aunque seguían dispersos entre las distintas tribus, habían logrado comunicarse acordando el lugar y la fecha propicias para iniciar la fuga. En la oscuridad de la noche lograron burlar la vigilancia de sus captores y juntos emprendieron la marcha. Temerosos de que los indios organizasen una persecución, avanzaron todo lo rápido que sus fuerzas les permitían caminando sin cesar. Al cabo de pocos días los cuatro supervivientes se adentraron en territorio de los indios Avavares. No sabían cómo reaccionarían aquellos indígenas pero estaban exhaustos, apenas tenían nada de comer y necesitaban ayuda. Con cautela, se aproximaron al poblado y se dejaron ver. Afortunadamente, hasta aquel lugar había llegado el eco de las curaciones milagrosas de los cristianos. Tal vez fue por ese motivo por el que los Avavares les recibieron de buen grado, proporcionándoles cobijo y alimento.

“Luego el pueblo nos ofreció muchas tunas, porque ya ellos tenían noticias de nosotros y cómo curábamos, y de las maravillas que nuestro Señor con nosotros obraba […] Aquella misma noche que llegamos vinieron unos indios a Castillo, y dijéronle que estaban muy malos de la cabeza, rogándole que los curase; y después que los hubo santiguado y encomendado a Dios, en aquel punto los indios dijeron que todo el mal se les había quitado; y fueron a sus casas y trajeron muchas tunas y un pedazo de carne de venado”

El tiempo era cada vez más frío y el terreno inhóspito por lo que Alvar Núñez y los suyos decidieron pasar el invierno con estos indios que habían dado muestras de buen trato. Fueron ocho meses los que vivieron entre los Avavares. Durante aquel periodo, las asombrosas curaciones de Castillo y de Cabeza de Vaca se repitieron, acrecentando la fama milagrera de los españoles. Comenzaron de nuevo a ejercer su papel de curanderos aunque en esta ocasión lo hacían en libertad. Venían indios de todas partes en busca de ayuda; Cabeza de Vaca, que finalmente se había creído hasta lo más hondo su papel de chamán, desplegaba todas sus habilidades sanadoras en una liturgia que conjugaba los ritos indígenas con las plegarias cristianas. Quizá fue en la tribu de los Susolas donde el español llegó al súmmum cuando “resucitó” a un hombre al que todos daban por muerto.
 

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