Aventuras y desventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Atravesando el Atlántico

La expedición de Pánfilo de Narváez, compuesta de cinco navíos y alrededor de seiscientos hombres, zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda en Junio de 1527. Cabeza de Vaca embarcó con el cargo de tesorero y alguacil mayor. Tras una pequeña escala en Canarias, la expedición puso rumbo a la isla Española (Santo Domingo) donde arribaron después de cuatro meses de navegación. Comenzaron aquí los innumerables problemas que acompañaron tan largo viaje con la deserción de ciento cuarenta marineros. Y continuaron las dificultades, ya en aguas cubanas, con el naufragio de dos navíos que fueron destrozados en medio de una feroz tempestad. En este primer envite del destino Alvar Núñez estuvo a punto de perecer bajo las aguas del Caribe pero afortunadamente pudo ser rescatado sano y salvo. Tras este comienzo desesperanzador la armada buscó refugio en un puerto más seguro. Permanecieron resguardados durante semanas, sin embargo al reemprender la travesía los navíos fueron nuevamente azotados por las fuertes tempestades tan habituales en aquellas latitudes. Milagrosamente, el grueso de la expedición alcanzó las playas de la Florida en Abril de 1528.

5.  Galeon

La exploración

Pánfilo de Narváez dirigió la primera incursión en tierra firme al mando de cuarenta hombres. Pronto encontraron una enorme ensenada a la que llamaron bahía de la Cruz (bahía de Tampa) y no lejos de allí entablaron los primeros contactos con indígenas. Los indios Timucuas recibieron a los españoles con hospitalidad pero, con la intención de quitárselos pronto de en medio, persuadieron a éstos para que viajaran más al norte hacia un territorio llamado Apalache donde encontrarían oro en abundancia. El metal amarillo siempre ha sido el mejor reclamo para los codiciosos y ante tales expectativas Narváez no dudó en disponer un gran contingente con el propósito de encontrar el Apalache. Mientras tanto, dio orden a los navíos para que costearan hacia el norte esperando noticias de la tropa. La travesía por tierra fue larga y difícil, soportaron interminables caminatas, sufrieron hambre, fueron hostigados continuamente por distintas tribus de indios y tuvieron que construir improvisadas balsas para poder sortear los caudalosos ríos de aquellas tierras. A finales del mes de Junio encontraron el Apalache pero ni rastro de oro ni otras riquezas. Terminando el mes de Julio hallaron otro pueblo llamado Aute donde tampoco encontraron tesoro alguno, los indígenas habían incendiado el poblado antes de huir. Los hombres de Narváez aprovecharon su estancia en aquel paraje para descansar y abastecerse.

Tras el fracaso sólo quedaba caminar hacia la costa en busca de los navíos pero lo que encontraron fue un sinfín de radas, cabos y caletas que acabaron por minar la moral del grupo. Las escaramuzas con los indios, el hambre y las enfermedades causaban bajas semana tras semana, de manera que los expedicionarios resolvieron cambiar de plan e intentar escapar por mar de aquel lugar inhóspito bautizado como bahía de los Caballos. Utilizaron los pocos recursos de que disponían y todo su ingenio para construir cinco barcazas y partir en busca de la salvación. Transformaron sus camisas en velas, convirtieron el metal de hebillas y espuelas en rudimentarios clavos y con el pelo de la crin de los caballos hicieron sogas.

Con la esperanza de encontrar a la flota, los supervivientes se hacen a la mar en sus primitivas almadías. Corre el mes de Septiembre de 1528. Costean durante semanas alejándose poco a poco del cabo de la Florida. El hambre y la sed son acuciantes pero la necesidad de localizar a sus compañeros no les permite cejar en su empeño. La búsqueda continúa sin descanso hasta que una noche las barcazas se dispersan entre las brumas. En aquel momento la angustia se apoderó de los marineros, que si ya partían de una situación ciertamente complicada, ahora se enfrentaban a un difícil reto de supervivencia. Cabeza de Vaca se sintió aliviado cuando, tras sentirse perdido y a merced de los elementos, logró vislumbrar de nuevo la embarcación gobernada por Pánfilo de Narváez. Sin embargo las ilusiones de Alvar Núñez se desvanecieron cuando Narváez, lejos de prestar ayuda, siguió su camino en solitario al grito de “sálvese quien pueda”.
 

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