Urdaneta y el Tornaviaje

De esta manera se le presentó al joven Urdaneta la oportunidad soñada y no tuvo que pensárselo demasiado para enrolarse rumbo a las Molucas. Contaba tan sólo diecisiete años de edad y no sólo cumplía su sueño de participar en una gran expedición sino que además lo haría en compañía de su admirado y respetado Juan Sebastián Elcano.

Cruzando el Atlántico

La flota, compuesta de siete naves, zarpó del puerto de La Coruña el 24 de Julio de 1525. Andrés embarcó en la “Sancti Spiritus” gobernada por Elcano, mientras que Loaysa comandaba la nao capitana, llamada “Santa María de la Victoria”. Este último, sabedor de la gran pericia como navegante de Elcano, dejó en manos del guipuzcoano la responsabilidad de dirigir la armada, colocando a la “Sancti Spiritus” a la cabeza marcando el rumbo. Durante la singladura Urdaneta tomaba nota de todos los datos relativos a la navegación: rumbos, corrientes, intensidad y dirección de los vientos,… Su gran capacidad de observación unida a una memoria prodigiosa fueron modelando la figura del navegante.

1.  JS Elcano

Tras un pequeño aprovisionamiento en las islas Canarias la flota prosiguió camino, primero en dirección sur bordeando el continente africano, para más tarde virar hacia el oeste poniendo rumbo a la Tierra de Verzin (Brasil). La travesía atlántica apenas tuvo contratiempos y al cabo de cuatro meses de navegación avistaron tierra firme. Algunos marineros exigieron entonces un descanso y  Elcano tuvo que lidiar con mano izquierda un conato de rebelión. El invierno estaba próximo en llegar y el de Guetaria, que conocía la bravura de aquellos mares, era partidario de avanzar rumbo a la Patagonia sin demoras. Sin embargo consintió el desembarco y otorgó un breve reposo a la tripulación; a fin de cuentas, aquel paréntesis quizá sirviera para afrontar con mejor ánimo las duras jornadas que se avecinaban. Al cabo de unos días se dispuso la partida en busca del primer gran reto: superar el temido estrecho de Magallanes. En este punto cabe señalar una interesante anécdota que denota la enorme personalidad de Andrés de Urdaneta. La flotilla costeaba ya en busca del estrecho de Magallanes y en esta ocasión Elcano se precipitó, ordenando el avance por la embocadura de un río que, por su semejanza, había confundido al ilustre marino. Urdaneta no tuvo reparos en indicar a su capitán que había errado y que aquella no podía ser la embocadura que andaban buscando. Juan Sebastián Elcano contemplaba atónito el atrevimiento de aquel muchacho de apenas dieciocho años, que jamás había navegado por aquellas latitudes y que sin sonrojo ninguno se permitía cuestionar sus decisiones. Aún así mantuvo la compostura y preguntó al jovenzuelo en qué se basaba para afirmar que aquél no era el camino. Andrés respondió con gran aplomo y contó que había escuchado describir, en palabras del propio Capitán, como el fondo del cabo que buscaban era rocoso y sin embargo el que ahora transitaban era de fango. No sabemos que cara debió poner el de Guetaria, pero a buen seguro que tanto él como el resto de expedicionarios empezaron a darse cuenta, si no lo habían hecho ya,  que estaban ante un personaje brillante.

El estrecho de Magallanes

Días más tarde encontraron, esta vez sí, la embocadura del estrecho de Magallanes y lo abordaron con determinación y coraje. Al poco les sorprendió una gran tempestad: un viento huracanado azotaba la “Sancti Spiritus” y Elcano tuvo que poner en práctica toda su pericia marinera para gobernar el navío hacia una pequeña playa y hacerlo encallar, evitando de esta manera su más que seguro hundimiento. Fue el primer gran revés de la aventura, la nave quedo destrozada y los supervivientes de la “Sancti Spiritus” hubieron de reubicarse en el resto de navíos antes de reintentar el paso al Océano Pacífico.
En aquel mar inhóspito, hombres y embarcaciones se empequeñecen hasta convertirse en minúsculos juguetes en manos de las gigantescas olas. Atravesar el estrecho de Magallanes supuso un enorme coste. Tras casi dos meses de continua zozobra la “Santa María de la Victoria”, con Elcano y Urdaneta a bordo, logró salir a duras penas de aquel laberinto infernal. La flota se había dispersado y la nao capitana se encontraba sola en aguas del Pacífico. El resto de navíos sufrió toda suerte de vicisitudes. Los capitanes de la “Anunciada” y la “San Gabriel”, al ver la envergadura de las olas dieron media vuelta y desertaron. El “Santiago”, aunque logró atravesar el estrecho, puso rumbo a Nueva España al considerar su capitán que, solos como estaban, no disponían de víveres suficientes para acometer la singladura hasta Molucas.

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